1. No es feo, es especial

    Escribió eigual el día 26 Agosto 2010

    ¿Soy de las pocas personas que quiere tener algún día, un gato Egipcio?

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    Probablemente sí.

    Estos gatos tienen algo que los otros no tienen. No tienen pelo donde esconderse. Y aunque la gente los tacha de “feos” o “ratas” yo los considero una raza de gato digna de admirar y respetar.

    Estos gatos son muy especiales. La primera vez que toqué uno no me lo creía. Su piel era rugosa, pero a la vez, muy suave. Tenía el cuerpo muy caliente. Se dejaba tocar la cabeza y al tercer toque ya lo tenía subido en mis piernas. El gato que yo toqué, hace ya algunos años, lo tenían unos amigos cercanos. Cómo llegó el gato a sus manos fue increíble. El gato se lo dejó una pareja extranjera en el hostal de mis amigos. Es increíble, el hecho de que te olvides a tu mascota en un hostal, o en un hotel, o donde sea. Pues sí, se lo dejaron en la habitación metido en la bolsa de transporte. Mis amigos intentaron devolverlo, poniéndose en contacto con la pareja, pero nunca respondieron al teléfono. Así que se lo quedaron, sí, lo “adoptaron temporalmente” por si la pareja extranjera venía algún día a recogerlo. Pero nunca sucedió tal milagro.

    Y es que fue un milagro, porque mis amigos estaban encantados con el gato. Se llamaba “trece”, el gato egipcio. Le pusieron ese nombre porque lo encontraron en la habitación número trece. Y trece era feliz allí. Siempre lo tenían suelto en la recepción (se trataba de un hostal muy familiar). Y el gato muy majestuoso él, se paseaba por los pasillos como si nada. Se acercaba a la gente cariñosamente, y la gente se alejaba de él, porque a simple vista aquel gato (negro y blanco) provocaba más miedo que ternura. Asco tal vez.

    Pero yo lo amaba. Y siempre que podía me acercaba hasta el hostal de mis amigos. El gato se sentaba en mi regazo y algunos niños curiosos miraban con asombro y miedo. Hasta que le acariciaban la cabeza y terminaban entendiendo que ése gato era tan gato como los demás. Como los que tienen pelo.

    Tristemente perdí el contacto con mis amigos. Dejaron el hostal y se mudaron de la noche a la mañana a una casa en la montaña. El hostal lo traspasaron. Y vivían, según me contaron, en una casa en la montaña con un perro y un gato rata (me dijeron). Que eran felices.

    Y yo nunca olvidé el tacto de la piel de aquel maravilloso gato. Me sentía un poco como él. Un poco rechazada y sola. Tal vez, fue por eso, que siempre quise tener un gato como ése.

    Pero quiso el destino que no fuese así. Y que mis dos futuros gatos fuesen muy peludos.

    Confieso que a veces, me miro de reojo el gato egipcio, sabiendo que algún día, tal vez, adopte uno. Evidentemente ahora no es el momento. Pero es algo pendiente: tendré un gato sin pelo que se llamará MAU (significa “gato” en Egipcio) . No creas que estoy loca. Seguro que tú también tienes algo en la cabeza que no te suelta.

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  2. En Lavapiés venden flores muy bonitas

    Escribió eigual el día 25 Agosto 2010

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    Te conocí en una calle del barrio de Lavapiés. Tenías la mirada perdida, mientras cruzabas una carretera. Con la mirada perdida no se cruzan carreteras. Quiso el destino que una motocicleta te rozase la espalda y te hiciese caer. Sentí tu golpe en mis caderas, tal vez fue por eso que corrí hasta ti. Me incliné a tu lado y sostuve tu cuello caliente con mis manos.

    Estabas ruborizada. Buscabas por el suelo, con la mirada, unas flores de colores que llevabas minutos antes en la mano. Te las alcancé, se habían deshojado. Coloqué mi mano en tu espalda. Noté tu sudor frío quemarme en la palma de la mano. Te hubiese hecho el amor en aquel instante. Me había enamorado de una extraña, que estaba espatarrada en el suelo, rodeada de pétalos de flores con la espalda sudada y dolorida.

    El de la moto se ha largado -fue lo primero que te dije-. Me preguntaste quién era yo. Supe salir airosa de esa pregunta. Soy quien te ha salvado la vida -bromeé, sin apartar mis ojos de los tuyos-. Tu primera sonrisa me supo a carretera y a pétalos de flores. A colores. ¿Es posible enamorarse en un instante?. Sí, es posible. Y ese instante puede durar siempre. Me enamoré de ti. Te ayudé a incorporarte. No quisiste ir al médico, pero yo te notaba quebrada al andar. Te acompañé a comprar otras flores. Las otras, dijiste: déjalas ahí en la carretera, donde casi me dejo la vida. Y ahí las dejé.

    Para recompensarme me invitaste a tomar algo en el “Gaudeamus café”. Nunca olvidaré tu café solo con sacarina y una gota de leche. Tú me mirabas extrañada, porque pedí un bocadillo de jamón enorme para curarme los nervios. Me dabas hambre. Me hablaste de tu vida. De tus soledades. De que ésta era la tercera vez que estabas apunto de perder la vida. Me sentí orgullosa de haber sido yo la que te recogiese del suelo con vida. Nunca ayudes a una extraña -dijiste-. Y me ruboricé al decirte, que no eras una extraña.

    Quería explicarte que sentía eso que llaman flechazo. Que no quería separarme de ti. Que me habías cambiado la vida y devuelto la ilusión. Para no perderte, te ofrecí mi número de teléfono. Aceptaste. Pero mi bolígrafo apenas tenía tinta, y los últimos números quedaron borrosos. Espera, voy a pedir un bolígrafo ahí dentro, al camarero -dije-. Y me adentré en el bar.

    Cuando salí ya no estabas. Habías apurado tu café. Y no estabas. Solo dejaste un pétalo de una flor amarilla, cerca de donde estabas sentada. Nada más. Miré al infinito. Hacía donde alcanzaba mi vista. Intentando encontrar tu figura. No te veía. No te imaginas el nudo que se siente en la garganta cuando sabes que has perdido tu futuro de amor, en un mísero instante. Así que salí corriendo. Y tras de mí, el camarero enfadado, porque me iba sin pagar, y además, llevaba una pluma que cuando me entregó, me dijo, que era su favorita y que por favor, se la tenía que devolver.

    Corrí. Corrí, buscando un rastro de pétalos de flores. Corrí por Lavapiés, lo que no he corrido en mi vida. Y en un cruce, un coche me golpeó y caí al suelo.

    Era el primer accidente que sufría. El camarero recogió su pluma del suelo. Y yo me moría sola, sin nadie que sujetase mi cuello, ni palpase mi espalda sudada y caliente. Me moría sola, y debiendo un café y un bocadillo de jamón. Pensando en tus flores y sintiendo ese crujido en la cabeza, ese chasquido, de luces, cuando todo se apaga y te mueres.

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  3. Increíble

    Escribió eigual el día 25 Agosto 2010

    Te intenté olvidar en ese crujido de cuello. En ese instante divino, cuando viene tu recuerdo y bajo la mirada al suelo y te borro con un paso hacía delante. Llegabas a mí como la música, de repente y sin aviso. Tus uñas afiladas dibujaban en mi piel los días felices. Tenías la sonrisa más bonita del mundo y tus dientes eran espejos donde yo me miraba, justo antes de rozarles con uno de mis besos.

    Te busqué en ciudades que inventé. Me tatué tu nombre en las uñas para no devorarlas. Escribías la palabra “increíble” en las notas que me dejabas colgando en la puerta de la nevera. Ya hay diez increíbles juntos: eres increíble, esta noche ha sido increíble, es increíble pero te estoy queriendo. Y así hasta completar diez increíbles.

    Hoy te recuerdo como teclas de piano, blancas y suaves. Negras y finas. Ya no puedo tocarte porque estás lejos y tu cuerpo es de otro cuerpo. A veces, solo a veces, quisiera meterme dentro de mis castillos de arena y escuchar las olas ir y venir. Y que nada más importara.

    La gente que me habla de amor no sabe lo que es. Porque seguro que no te han perdido tantas veces como yo. Ni te han encontrado otras tantas.

    Ayer nos volvimos a encontrar. Traías el pelo revuelto. Que no estabas visible, decías. Pues yo te veo muy bien, te dije. Buscaste algo en tu bolso. Tal vez otro increíble para decirme. Tal vez un es increíble encontrarte. Qué se yo. Quería, en esos instantes grabar tu cuerpo, tu voz, todos tus movimientos en mis retinas. Y sacarte en cualquier momento, en forma de lágrimas sobre mi cama. Desnudarte de abajo arriba. Encontrar tu sonrisa siempre dispuesta. Tu voz revoltosa diciendo mi nombre con tan solo unas cuantas sílabas. Enlazar besos y caricias. Hacer de tu mano mi mundo. Besar la palma de tu mano, plantar allí mis besos para que crezcan otros. Detener el tiempo sin dejar de mirarte. Respirar por los poros de tu piel. Mezclarme con tu aliento. Y cuando vayas a decir el increíble número once, morderte la boca.

    Lo hermoso de este amor sea tal vez no tenerte. Así que regreso a casa, quito todos los increíbles de la nevera, intentando formar alguna palabra que me lleve a los recuerdos contigo. Para no sentirme tan sola.

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  4. Basura

    Escribió eigual el día 24 Agosto 2010

    Cuando una relación se termina. Y ella se va, pero en realidad, sigue a tu lado.

    Tiré tu recuerdo a la basura. Tus dulces caricias, aquellas manos llenas de besos. El olor de tu sudor era dulce y provocaba hambre y nervios. Tus pechos eran la almohada de mis sueños, donde dormir el cansancio y los días sin sentido.

    Era tu boca la cueva de saliva, donde yo me refugiaba algunas noches. Apoyaba mi espalda en tus dientes y quedaba dormida. Hay salivas muy dulces, que cicatrizan las heridas. La tuya cicatrizó las heridas de mi lengua, las grietas que se abrieron en ella, cuando tu aliento dejó de soplarme.

    Tiré tu recuerdo a la basura, y como consecuencia todas tus cosas. Te he sacado al balcón, tu recuerdo se empieza a secar con el aire, dentro de la bolsa y huele. Así que tengo cerradas las ventanas, para que el olor no entre y me invada de nuevo de recuerdos.

    Ya llevas tres días y tres noches ahí fuera. Anoche fue la última vez que cerré la persiana, pensando: ya te bajaré mañana.

    Creo que ya no te quiero,  pero prefiero que te pudras a mi lado.

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  5. Incansable

    Escribió eigual el día 23 Agosto 2010

    Tengo el pantalón de mi pijama nuevo favorito casi deshilachado. Eso se debe a Gossip, mi gata, que lleva ya un rato, mientras yo escribo en mi ordenador, arañando mi pierna con su garra, a base de toquecitos, una y otra vez, y haciendo ruidos gatunos “brurrr”. Y todo para que le lance la rata rosa. Una y otra vez. No se cansa. Cuánto más lejos la lanzo menos tarda en traerla. Pienso que esta gata iba para perro pero se quedó en gata.

    Lo gracioso es, que tiene un antes y un después.

    El antes, cuando le estoy lanzando la rata:

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    Y el después, cuando no le lanzo la rata:

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    Me siento mal, si no se la lanzo.

    ¿Alguien a quien contratar por horas,  en la sala , para lanzar la rata a Gossip?

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    Ya está publicado mi nuevo artículo para Diario Abierto. Podéis leerlo pinchando aquí.

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