1. Uno más

    Escribió eigual el día 8 Marzo 2009

    Es una de las cosas que más me gusta hacer los fines de semana, además de escribir.
    Es como si al hacer el muñeco, estuviera dejando algo muy mío en la vida, para ser recordada. Como mis escritos: poemas y relatos.
    Es afianzar un poco más mi paso por la vida.
    Es dejar algo muy mío, para que me recuerden. Entre otras cosas.

    Ya sea mirando muñecos de estos, o leyendo mis letras.
    Porque quiero ser recordada siempre. Como una artista aunque nunca jamás sea reconocida como tal.

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  2. Los Domingos

    Escribió eigual el día 8 Marzo 2009

    A veces a una le gustaría tener que volver a estudiar las tablas de multiplicar.

    Que la televisión volviese a tener cinco canales.

    Y el canal plus un lujo que no podíamos pagar.

    A veces a una le gustaría volver a refugiarse,

    en las enaguas del brasero.

    Qué el teléfono tuviese tu voz.

    A veces a una le gustaría no tener que ir al colegio:

    tener el sarampión.

    Y que el médico te dijese que solo es un resfriado.

    A veces a una le gustaría tener miedo a la oscuridad,

    y llorar en la noche,

    para que viniese mamá.

    A veces a una le gustaría volver a perder el libro de Sociales.

    Y aquella alegría cuando te dejaban pintar con acuarelas.

    A veces a una le gustaría, simplemente, escuchar la voz de mama:

    “que las salchichas con tomate se enfrían

    que mañana,

    hay que madrugar”.


  3. Mercedes

    Escribió eigual el día 8 Marzo 2009

    Le tenía que decir algo. Son 8 meses, los que llevamos compartiendo un viaje en metro, de cuatro paradas. Tengo motivos para decirle algo, tenemos muchas cosas en común: siempre escogemos el último vagón, siempre saludamos a la misma mujer mayor, él lleva tatuado un nombre, en la mano, derecha, más o menos, en medio del dedo gordo y el dedo índice: Mercedes. Un hombre que se tatúa el nombre de su chica en la mano debe de estar muy seguro de lo que siente por ella. Yo también llevo tatuado el nombre de la mía, pero tan dentro, que no se ve. Tenemos muchas cosas en común, sí.

    Tenía que decirle algo, qué quieres que te diga. Me gustaba mucho su mirada. Siempre dejaba los asientos libres para los demás, y se quedaba de pie, junto a las puertas, como yo. Sonreía cuando entraban niños pequeños en sus carros, como yo. Y se sonrojaba cuando los niños intentaban llamar su atención con gestos y sonrisas. Ese chico era igual que yo. Tenía, debía, quería, decirle algo. ¿Pero qué?.
    Le podría hablar de la mujer a la que saludamos cada día, de lo limpia que tiene, esa mujer, la mirada. Podría preguntarle dónde trabaja, aunque las manchas de yeso en su ropa delaten que es obrero.

    Tenía que decirle algo. Y cierto día, sin prepararme el guión, me lancé. Quizá no debería de haberle preguntado eso, pero de algún modo u otro, era lo que más había captado mi atención. Así que le miré y le dije:

    -Vaya, la debes de querer mucho para tatuarte su nombre en la mano… - con sonrisa, para no parecer tan tonta-.

    No le sorprendió que le hablase. Sonrió y acariciándose el tatuaje con la otra mano, me dijo:

    - ¿Te refieres a este tatuaje?. Bueno, desde muy pequeñito siempre quise tener un Mercedes. Es de segunda mano, pero la clase baja es lo único que  nos podemos pagar -me dice sonriendo-.

    Se me quedó cara de tonta.
    Desde entonces mirarle perdió todo el romanticismo.
    Ahora, cada vez que nos cruzamos en el metro, me lo imagino conduciendo el  Mercedes con el Reggeton a todo volumen, dirección la discoteca.
    Lo que cambian las cosas. A veces, es mejor callar y seguir imaginando.


  4. donde comienza todo

    Escribió eigual el día 7 Marzo 2009


    La gárgola con la mirada de piedra

    y unos ojos que penetran el cielo azul

    cuida de la gran ciudad, y la le da belleza al paisaje,

    siendo ella tan horrible a los ojos del mundo.

    La gárgola suspiraba,

    y esos días la calle se hacía fría.

    Quería saltar de allí, y volar con sus alas pesadas.

    Pero sabía que allí abajo sería todo difícil,

    que no habría un alma que quisiera mirarle a la cara.

    Que las mujeres correrían asustadas hasta sus casas.

    Que los niños de la plaza recogerían rápidamente,

    las pelotas y las bicicletas,

    y se esconderían.

    Que los hombres sacarían sus escopetas.

    La gárgola, añoraba una vida que no tenía.

    Y desde lo alto de la torre,

    el paso de los días atravesaban la piedra

    de la gárgola.

    Es por eso, que los días que hay tormenta,

    se enciende el cielo:

    es la mirada de la gárgola,

    enfurecida por tener ese rostro,

    y un corazón roto,

    de piedra.


  5. Tristes finales o finales tristes

    Escribió eigual el día 6 Marzo 2009

    Le enseñó a sentir con las manos, a tratar con las caricias, a mover los labios y la lengua con el mismo ansia que el deseo. Le motivó todas sus mañanas, cuando al despertar, era el mismo sol que se escapaba de sus pupilas, el que le cegaba. Le enseñó también a decir “te quiero” a tiempo, aunque nunca fuese tarde para decirlo. Le obligó a pensar en rincones prohibidos, a abrir las puertas del deseo cuantas veces hiciese falta. Y él se dejó hacer, porque el círculo que se había dibujado en su vida desde que estaba con ella, le encantaba.
    Por las tardes, al terminar la jornada laboral, él le leía algunos poemas que había escrito, y ella le escuchaba con los ojos abiertos: esos ojos que irradiaban felicidad por todas partes. Aquellos mismos ojos que horas más tarde, le morderían el vientre.

    Él le decía, muy bajito, que escuchase el poema que le había escrito. Para ella todo lo que él escribía eran obras de arte. Un tipo de arte no reconocido por nadie, y aunque le molestaba, en realidad, le gustaba ser la única que disfrutaba de aquellos versos tan sencillos y a la vez, tan llenos de ternura y amor, hacía la vida. Hacia ella.
    Los días se los pasaba distraído entre el trabajo, y su dedicación a la escritura. A partir de las siete de la tarde, su cuerpo, lo que era, lo que nunca fue, y todo el conjunto que formaba su ser, era solamente de ella y para ella.
    La espera nervioso, (en cinco segundos mira el reloj tres veces) en el parque de siempre. Ella siempre llegaba puntual. Él piensa, mientras el pecho se le desborda de amor, que el día que ella llegue tarde, será porque no acudirá a la cita. Además de puntual, está preciosa. Lleva unos tacones con los que aparte de ganar estatura, gana respeto, y obliga a caer rendido a sus pies, o a lo que no son sus pies.
    Ella lleva un perfume que deja un sabor dulzón en los labios de él, cada vez que éste le roba un beso del cuello. Él no sabe qué perfume es, pero no sabe si quiere saberlo. Hay dudas que matan y otras que avivan el deseo.

    Cogen un taxi, y llegan hasta el piso de ella. El piensa que está en el paraíso. Se pellizca varias veces el brazo: no siente nada. Pero un beso furtivo que le regala ella, en la nuca, le hace sentir el escalofrío más intenso y más agradable que nunca haya sentido. Entonces sabe, que está vivo. Demasiado vivo.
    Deshacen la cama, y la madrugada les saluda con caricias siempre nuevas. Él no sabe si sonreír, o volver a darle otro beso. Lo quiere todo. Todo de ella. Quiere su compañía, sus besos, sus historias, sus manías, sus puntualidades, sus tristezas, sus alegrías, sus orgasmos, la marca de sus labios en su cuello.
    Él quiere nuevos arañazos en la espalda. Quiere que las mariposas que revolotean en su estómago hagan orgías dentro de su cuerpo. Quiere hacer sonreír a la mujer que ama.

    Es todo tan bonito, tan perfecto. El amor que quizá, todo hombre desea encontrar.


    Podría romper esta historia, escribiendo que ella, a la mañana siguiente, le dice que la relación no funciona: que se ha cansado del mismo cuerpo, de las mismas caricias, de los mismos besos, de los mismos te quieros, de las mismas ganas, del mismo ansía, de las mismas palabras de amor.
    Podría hacerlo, y disfrutar del placer que produce escribir el final a una historia.
    Ojalá pudiese escribir los finales de muchas historias: del metro, del trabajo, del supermercado, del hogar de hombres y mujeres.

    Una vez alguien me dijo qué por qué mis historias terminaban casi siempre, siendo tristes.
    Quizás mis historias no sean tan tristes. Quizás ese triste final, sea el principio de otra historia, que no tiene porque terminar mal.
    Mírame a mi, he vivido tantos finales tristes, y ahora, soy tan feliz…..


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