Le enseñó a sentir con las manos, a tratar con las caricias, a mover los labios y la lengua con el mismo ansia que el deseo. Le motivó todas sus mañanas, cuando al despertar, era el mismo sol que se escapaba de sus pupilas, el que le cegaba. Le enseñó también a decir “te quiero” a tiempo, aunque nunca fuese tarde para decirlo. Le obligó a pensar en rincones prohibidos, a abrir las puertas del deseo cuantas veces hiciese falta. Y él se dejó hacer, porque el círculo que se había dibujado en su vida desde que estaba con ella, le encantaba.
Por las tardes, al terminar la jornada laboral, él le leía algunos poemas que había escrito, y ella le escuchaba con los ojos abiertos: esos ojos que irradiaban felicidad por todas partes. Aquellos mismos ojos que horas más tarde, le morderían el vientre.
Él le decía, muy bajito, que escuchase el poema que le había escrito. Para ella todo lo que él escribía eran obras de arte. Un tipo de arte no reconocido por nadie, y aunque le molestaba, en realidad, le gustaba ser la única que disfrutaba de aquellos versos tan sencillos y a la vez, tan llenos de ternura y amor, hacía la vida. Hacia ella.
Los días se los pasaba distraído entre el trabajo, y su dedicación a la escritura. A partir de las siete de la tarde, su cuerpo, lo que era, lo que nunca fue, y todo el conjunto que formaba su ser, era solamente de ella y para ella.
La espera nervioso, (en cinco segundos mira el reloj tres veces) en el parque de siempre. Ella siempre llegaba puntual. Él piensa, mientras el pecho se le desborda de amor, que el día que ella llegue tarde, será porque no acudirá a la cita. Además de puntual, está preciosa. Lleva unos tacones con los que aparte de ganar estatura, gana respeto, y obliga a caer rendido a sus pies, o a lo que no son sus pies.
Ella lleva un perfume que deja un sabor dulzón en los labios de él, cada vez que éste le roba un beso del cuello. Él no sabe qué perfume es, pero no sabe si quiere saberlo. Hay dudas que matan y otras que avivan el deseo.
Cogen un taxi, y llegan hasta el piso de ella. El piensa que está en el paraíso. Se pellizca varias veces el brazo: no siente nada. Pero un beso furtivo que le regala ella, en la nuca, le hace sentir el escalofrío más intenso y más agradable que nunca haya sentido. Entonces sabe, que está vivo. Demasiado vivo.
Deshacen la cama, y la madrugada les saluda con caricias siempre nuevas. Él no sabe si sonreír, o volver a darle otro beso. Lo quiere todo. Todo de ella. Quiere su compañía, sus besos, sus historias, sus manías, sus puntualidades, sus tristezas, sus alegrías, sus orgasmos, la marca de sus labios en su cuello.
Él quiere nuevos arañazos en la espalda. Quiere que las mariposas que revolotean en su estómago hagan orgías dentro de su cuerpo. Quiere hacer sonreír a la mujer que ama.
Es todo tan bonito, tan perfecto. El amor que quizá, todo hombre desea encontrar.
Podría romper esta historia, escribiendo que ella, a la mañana siguiente, le dice que la relación no funciona: que se ha cansado del mismo cuerpo, de las mismas caricias, de los mismos besos, de los mismos te quieros, de las mismas ganas, del mismo ansía, de las mismas palabras de amor.
Podría hacerlo, y disfrutar del placer que produce escribir el final a una historia.
Ojalá pudiese escribir los finales de muchas historias: del metro, del trabajo, del supermercado, del hogar de hombres y mujeres.
Una vez alguien me dijo qué por qué mis historias terminaban casi siempre, siendo tristes.
Quizás mis historias no sean tan tristes. Quizás ese triste final, sea el principio de otra historia, que no tiene porque terminar mal.
Mírame a mi, he vivido tantos finales tristes, y ahora, soy tan feliz…..