Esas noches

Escribió eigual el día 7 Marzo 2010

Damian Rice - 9 Crimes

No bastaba con abrazar la almohada. Todas las noches eran frías y podía escuchar como crujian los cimientos de la casa. Daba miedo. No el sentirte tan sola, sino rozar la certeza de que podías quedarte más sola todavía. Aquellos días intentaba retener el sol. La oscuridad siempre me parecía una boca grande que me iba mordiendo donde más duele. Me contraía. Me hacía una bola, agarrando mis rodillas y apretándolas contra mi pecho y estomágo. Me arropaba con la manta, la única manta que tenía y tiritaba allí debajo hasta que se hacía de día.

El día siempre traía incertidumbre. Pero miraba el cielo azul, suspiraba y pensaba que las cosas podían cambiar. Que tenía veintitantos años. Que no estaba todo perdido. Yo creía, sabía, que existía una felicidad. Que tenía un nombre, un lugar. Solamente tenía que encontrarla. Tenía que dejar de pisar un camino en el que solo había escombros. Simplemente tenía que dejar de rizar más el rizo. Tenía que cortar la cuerda que me ataba a la infelicidad. Morderla. Trocearla. Triturarla a ser posible.

Dejas cosas atrás. Momentos. Vivencias. Recuerdos. Personas. Ciudades. Historias. Risas. Llantos. Y de repente, un día cualquiera, dejas de hacerte una bola en la cama, dejas de agarrarte a tus rodillas. Dejas de tiritar. Te pellizcas para comprobar si estás despierta. Si todo lo que te rodea es de verdad. Pides un beso. Otro beso. Otro. Y entonces, esas noches pasan a formar parte de tus recuerdos. Te acuerdas de la cuerda que te ataba, de cómo la rompiste. De todo lo que dejaste atrás. Te sientes orgullosa. Dejas de escuchar crujir los cimientos de aquella casa en sueños.

Te cuesta acostumbrarte a el bienestar. A la felicidad. A tener más de cinco euros en el bolsillo. A que te den besos de amor. A que te cojan la mano con ternura. A que te digan que te quieren, y que sea verdad. Tienes un gato. Tienes otro gato. Abres la puerta de tu casa, la casa en la que vives. Acaricias las teclas de tu ordenador. A veces te detitenes y piensas ¿cómo es posible?. Tienes otra vida. Otra vida donde la felicidad es posible. No te hace falta morir y abandonar tu cuerpo para reencarnarte en otro cuerpo, en otra vida. No hacía falta rasgar las venas. Decir adiós. Hacer sufrir a quienes te quieren.

A veces caminas por la ciudad. Te detienes en seco para pensar en todo. Pero nunca logras pensar en todo. Porque las sensaciones, la felicidad, se atoran en tu cerebro. Sientes escalofríos. Tienes miedo a perderlo todo. A volver a tu vida, a aquel frío, a esas noches a solas. Pero solo lo piensas. Luego sabes que nada de eso va a ocurrir. Ya no eres la misma. Ahora eres otra persona. Que lucha. Que persigue sus sueños. Que sabe cortar las cuerdas que le ahogan. Todo ha cambiado.

Y a veces, aunque han pasado ya tres años. Sigo necesitando ese te quiero y ese maullido de mis gatos, para asegurarme de que todo, de que todo esto, sigue siendo cierto.

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