Cómo nos conocimos. Esa es la pregunta clave, la que alguna gente quizá se haga. Qué cómo te conocí. Qué cómo pude conocer a alguien como tú. Tan extraño. Tan especial. Tan luchador. Tan mala cabeza o tal vez solamente a ratos.
Creo que me quedan aún muchas preguntas que responder y muchas cosas por contar. Nunca me atreví a contar tu historia porque nunca he sido capaz de separar lo mucho que te echo de menos para no hundirme a cada frase.
Te conocí tras un café cortado. Por aquel entonces servía cafés y copas en un Bar. Tú venías cada mañana, y te fumabas un cigarro mientras bebías a sorbos tu café. A veces simplemente mirabas por la ventana, otras, escribías cosas en servilletas de papel.
Hablamos por primera vez el día en que te dejaste olvidada tu guitarra apoyada en la pared del Bar. Me di cuenta cuando ya no estabas. Salí y cogí tu guitarra como si fuese muy frágil, y la coloqué dentro de la barra , a la vista. Aquel día todo fueron bromas de clientes, del tipo, que si me había echado a tocar la guitarra en mis ratos libres, qué si tenía a algún cliente encerrado en la funda. Un día entero estuvo tu guitarra conmigo, apoyada en la pared del Bar. Y un día entero soportando preguntas de gente.
A la mañana siguiente llegaste puntual. Lo primero que hiciste fue buscar tu guitarra por los rincones del local. Te vi desesperado y nervioso.
Cuando te pregunté -señalando la guitarra- que si era esto lo que buscabas, se dibujó una sonrisa en tu cara. Me dijiste que la dabas por perdida. Y que esa guitarra tenía mucho valor para ti.
Desde aquel día todo cambió. Tú pensabas que yo de alguna manera te había hecho un extraordinario favor, era como si te hubiese salvado la vida. Sin embargo yo hice lo que cualquier persona hubiese hecho. Ni más, ni menos.
Desde ese día dejaste de mirar por la ventana y pasaste a mirarme a mi. Te pedías dos cortados y un bocadillo de jamón con tomate y de pasar en el Bar 5 minutos cada mañana, pasaste a quedarte 30 minutos. Supuse que estabas a gusto. Sin embargo, lo que sucedía era, que aún pensabas que no me habías agradecido lo suficiente el gesto de guardarte la guitarra.
La gente que no entiende de situaciones, y que tienen mentes calenturientas y morbosas, pensaban que eras mi pretendiente. Los rumores comenzaron a crecer. Y aquello llegó a tus oídos y te reías de la situación. Eras mi pretendiente y te tomabas dos, tres, cuatro cafés o los que hicieran falta con tal de pasar más rato mirándome. Pero yo sabía que no se trataba de eso. Sabía que aún estabas muy agradecido y buscabas una recompensa para mi.
Hasta que un día, la encontraste.
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Comenzamos a hablar , cuando el trabajo me lo permitió. Entre café y café. Me hablaste de tu trabajo como músico. Que dabas clases a un grupo de niños. Y que a veces, cuando te dejaban, tocabas en algún Bar.
Me volvías a dar las gracias por cuidar de tu guitarra. Y yo te intenté hacer entender que no me tenías que agradecer nada, que hice lo que tenía que hacer. Que aquello entraba dentro de mi tarea laboral. Te ponías serio y me decías: “te la podías haber quedado para ti, o haberla dejado apoyada hasta que alguien se la hubiese llevado de donde quiera que me la dejé, sin embargo, la cogiste y me la guardaste en un lugar seguro”.
También me contaste que componías canciones. Fue ahí cuando mis ojos comenzaron a brillar. Y tú notaste aquel brillo. Supiste de ese modo cual sería mi recompensa. Y acertaste del todo.
Compusiste una canción para mi, que trataba de la soledad que se sufre, a veces, en los bares.
Recuerdo que me trajiste un Cd con una nota: “para que lo escuches cuando estés sola”.
Cuando escuché aquella canción, pensé que la podría haber escrito yo y te conté que yo también escribía. Desde aquel día te sentabas en el taburete de madera que debía de hacerte la espalda pedazos (horas y horas), pero nunca te quejabas ni decías nada. Y me enseñabas a componer, a escribir canciones. Me enseñabas la música que tú hacías. Rellenaste muchas horas que de no haber sido por ti, en aquel Bar, se me habrían hecho eternas y vacías.
Éramos amigos y lo sabíamos. Mucho antes de las canciones y de la guitarra. Y odiabas el café, me confesaste, pero viste en mi algo que siempre habías buscado en alguien.
Y a partir de ese día era yo quien estaba en deuda contigo, amigo.
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