Adim y el libro

Escribió eigual el día 5 Febrero 2010

PhotobucketLe conocí hace ya muchos años, iba a la misma clase que yo. Él era moro y en clase era conocido como “moromierda lavatequeapestas”. Era diferente al resto, por eso me fijé en él. Llevaba una soledad latiendo en su pecho y siempre en sus manos un libro gastado de páginas amarillentas. Él siempre estaba solo, se sentaba en la segunda fila de mesas, en clase, y escuchaba al profesor. Tenía que soportar gritos e insultos de los alumnos de las filas  de atrás.

Yo me sentaba en la tercera fila y un día me di cuenta de que estando tras él parecía que estuviese participando en los insultos de los demás compañeros, así que comencé a sentarme a su lado.
Él era delicado: abría su libro y su libreta y escribía con una letra preciosa. Se le daban bien las matemáticas y la literatura. Era un amante de la lectura y sabía tres idiomas. Para el resto era un moro de mierda, para mi, desde aquel día en que le vi escribir unos versos improvisados en su libreta de apuntes de Sociales, supe que ese moro que todos odiaban sería mi amigo.
Él no hablaba. Era tímido, o mejor dicho, le habían hecho ser tímido. Estaba delgado y caminaba siempre muy despacio. De haber sido él, yo siempre hubiese caminado deprisa para escapar a mi trinchera, donde todos esos compañeros no podrían seguir doliéndome.
Pero él caminaba despacio y con pasos seguros. Y dudo que tuviese trinchera alguna. En los recreos leía en un banco que había frente al instituto. Leía aquel libro de hojas amarillentas. Siempre leía aquel libro.
Yo, por aquel entonces me sentía igual de sola que él, aunque los compañeros no se metiesen conmigo. Pero me sentía así, sola y diferente al resto. Porque yo también escribía versos en mis libretas. Le veía a él y me veía a mi. Por eso un día me acerqué a él y le pregunté si le gustaba la poesía. Se extrañó al verme a su lado, pero le sentí abierto, para nada frío o distante. Me miraba con sus ojos grandes y oscuros. Sostenía su libro en las manos, no pude evitar mirarlo, tenía mucha curiosidad por saber de qué trataba aquel libro. Qué contenía. Creo que él se dio cuenta de mi interés. Y mirando el libro me contó que ese libro lo había escrito su padre hace muchos años. Que se lo había leído mil veces y que se lo sabía de memoria. Me contó que siempre llevaba el libro consigo porque era una forma de tener a su padre cerca.
Quedé maravillada con aquella historia. Sus padres habían fallecido, él vivía con su hermano mayor que él y tenían que trabajar para pagarse los estudios. Él quería estudiar, quería aprender. Quería ir a la universidad, y cuando me contó lo de la universidad calló. Me dijo que no podría ir a la universidad porque no podría pagarse la matricula, que el dinero que gana en un restaurante por las noches apenas le llega para pagar el alquiler , la comida, la ropa y los libros.
Me había contado su historia. Me sentía importante, elegida. Y aquellos compañeros que le insultaban de aquella manera dejaron de existir para mi. Comencé a sentarme al lado de Adim, así se llamaba. Hacíamos juntos los deberes y en los recreos compartíamos lecturas, yo le enseñaba algunos de mis libros y él me leía, ya que estaba en árabe, el libro que había escrito su padre.
Adim, me enseñó otra manera de ver el mundo. De expresar mis emociones. En ocasiones le preguntaba cómo era tan fuerte, cómo tenía tan claro lo que quería de esta vida. Él me contestó, que no era fuerte, que simplemente, cuando las cosas van mal, o  cuando se siente insultado o amenazado piensa en una frase del libro de su padre: “aunque el cuchillo no tenga punta, puede estar muy afilado”. Y se sentía un cuchillo sin punta, pero muy, muy afilado.
Adim tenía una fuerza interior que me contagiaba y todo el curso lo pasamos juntos en la segunda fila, mientras todos los demás callaban, porque Adim ya no estaba solo.
En el curso siguiente todo cambió. Adim no se matriculó y yo pensé que algo terrible le había sucedido. No tenía manera humana de localizarlo, jamás habíamos hablado del lugar donde vivía, ni habíamos compartido números de teléfono. Porque simplemente pensé que Adim siempre estaría ahí, en clase, o leyendo su libro en el banco.
Sin embargo Adim desapareció un día y jamás supe nada de él. Tampoco quise buscar su dirección a toda costa, porque sabía que Adim era inteligente y que siempre tomaba las decisiones acertadas. Si no venía  a clase era por un motivo de fuerza mayor y más importante. A veces le recuerdo con una añoranza extraña y pienso en si habrá podido estudiar una carrera o si seguirá con el libro de páginas amarillentas entre sus manos.
Él fue una de esas personas que me enseñaron algo importante. Qué hizo crecer mi ilusión por escribir y aprendí de él a no sentirme sola dentro de mi propia soledad.

5 comentarios »

  1. Duna dijo:

    como siempre, super bonito, provocas ese vuelco en el corazón q en cualquier momento se puede convertir en lagrimilla descendiendo

    5 Febrero 2010 @ 21:18

  2. eigual dijo:

    Si provoco eso, ya tengo mucho ganado. Gracias Duna.

    5 Febrero 2010 @ 21:33

  3. David L. dijo:

    Quiero otro libro. :)

    6 Febrero 2010 @ 13:50

  4. Nalen dijo:

    Mis amigos siempre han solido ser los “marginados” de la clase, los que no se relacionan, los que se llevan los insultos de la masa que, a estas alturas, me repugna. Mis amigos (más bien, mi amigo, mi mejor amigo, mi hermano) es lo más dulce que me he encontrado en la vida. Qué pena que la gente no se preocupe por conocer a estas personas, ¿eh?, cuando, como dices en tu historia, nos pueden enseñar tantas cosas.
    Un saludo! Y gracias por seguir visitando mi blog, aunque no esté ultimamente demasiado inspirada.

    8 Febrero 2010 @ 14:15

  5. eigual dijo:

    David L: Otro libro mío? o uno como el de Adim? ;)
    Nalen: Yo siempre visito tu blog, escribas o no escribas. Siempre hay fotos preciosas que repasar.

    8 Febrero 2010 @ 19:46

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