tus manos frías
Te dolían las rodillas. Nadie quería jugar contigo y yo me sentaba a tu lado y te miraba como si te me fueras a terminar. Me quedaba contigo y te daba la mitad de mi bocadillo. Me acuerdo perfectamente del tacto de tus manos frías cuando las acercabas a las mías para ayudarme a quitar el papel de plata del bocadillo. Te lo comías despacio, para que te durase más. Siempre le daba un bocado a mi trozo y te lo daba: no tengo más hambre, de verdad - te decía, mientras te acercaba mi trozo hasta tus manos frías-.
Siempre sonreías. A pesar de la miseria que desprendían tus ojos y tus gestos. A pesar de que ningún niño quería ser tu amigo. Yo comencé a quererte. Comencé a darte mi bocadillo mintiéndote, diciéndote que yo no tenía hambre mientras mi estómago rugía. Disfrutaba viendo como devorabas el bocadillo y los colores que se te dibujaban en las mejillas cuando terminabas de comer.
Un día viniste muy triste : dejo el colegio -dijiste-. Me cogiste la mano y la apretaste con fuerza. Aquel día tenías las manos calientes y las orejas rojas. Sabía que te pasaba algo. Sabía que tú querías estudiar, que eras el que más interés ponía en clase, el que mejor sabía dividir. Querías ser alguien más en un futuro. Sin embargo decías que te marchabas. Y yo sabía que me mentías, porque a veces las mentiras quitan sufrimiento. Sabía que ocultabas algo.
Nos despedimos en el pasillo del colegio. Tú tenías prisa y yo quería retenerte conmigo. ¿A quién le daré yo ahora mi bocadillo? -te dije, tristemente-. Bajaste la cabeza porque no tenías ninguna excusa más que darme.
Lentamente te subiste la camiseta y pude ver a la altura de tus costillas un enorme hematoma. Eso no te lo podías haber hecho tú solo. Te hice mil preguntas. Quería una explicación y que te quedases conmigo.
Con la misma mirada triste evitabas contarme lo que ocurría. Y no sé si fueron aquellos dos minutos que nos quedaban, para estar juntos o qué, pues me miraste a los ojos y me dijiste que tus padres te pegaban de vez en cuando, pero que les querías. Que hacía falta dinero en tu casa y que a partir de ahora ibas a trabajar para ganar dinero y ayudar a tu familia.
No sé qué me afectó más, si la zona de tus costillas amoratada o el hecho de que renunciases a tu futuro por ayudar a tu familia, una familia que en vez de prepararte el bocadillo del desayuno te regalaba golpes.
Y no hice nada. Porque los niños cuando somos niños no podemos hacer nada. Te vi marcharte y fue ese el último adiós que nos dijimos. Supe entonces que la vida era una mierda: una injusticia y que las personas buenas son las que más sufren.
Siempre que me comía el bocadillo en los recreos pensaba en ti. A veces me preguntaba por qué me sentía tan sola. Por qué me faltabas tanto. Pero yo no estaba sola, una parte de ti, de aquellos días contigo, se quedó conmigo.
Y no recuerdo cuánto me duró aquella manía de partir mi bocadillo en dos. Supongo que dejé de hacerlo cuando crucé aquel triste pasillo del colegio tan frío y triste como tus manos aquellos días.




Solo decirte que me ha gustado como está escrito.
A veces me da cosa leer y darme cuenta que tengo que releer porque se ha complicado y no lo entiendo. Pero contigo no me pasa. Leo, lo entiendo todo y disfruto más. Entra bien.
Se me humedecen los ojos con algunos de tus escritos.
Haces que reviva emociones que la excusa del dia a dia me hace olvidar.
Gracias por hacerme sentir.
El mismo frío que sentías al tocar sus manos ha recorrido mi cuerpo al acabar de leerte, joder, ¿por qué me haces sentir tanto? ¿Cómo coño lo haces? Sabes que me ha encantado este relato tan triste, pero, he tenido que expresártelo así, como ha salido a golpe de tecla.