Yiruma - Do you
Tuve que aprender a dar respuestas coherentes, cuando me manchaba el pantalón con cualquier cosa y emitía un berrido con mucho coraje. Para la gente normal, ensuciarte los pantalones era algo tan normal como ellos mismos, pero para mi suponía un suplicio. No solo tenía que quitarme el pantalón, lavarlo y esperar a que secara al aire libre ( y rezar para que no lloviese) , sino que durante todo ese tiempo no podía salir a la calle, a menos que quisiera enseñar piernas y trasero, o mi bonito pijama con agujeros.
Apenas tenías dinero para comprar unos pantalones vaqueros, pero siempre lo intenté llevar con disimulo: son mis preferidos -contestaba- lavar y poner, ya ves (sonrisa). La gente quedaba conforme. Yo por dentro me descosía. Como las costuras de mis pantalones. Se descosían del uso, y yo no sabía coser, sin embargo ahí me podías ver, cosiendo, enmendado agujeros y costuras rebeldes con un kit de costura de los chinos.
Cuando te conocí yo seguía con los mismos vaqueros. Nuestra primera noche tenía que ser especial, por eso, en vez de comprar unos vaqueros nuevos fui hasta la sección lencería de El Corte Inglés y me compré ropa interior de marca. Una marca muy conocida y deseada. Mis pantalones serían un asco, pero merecía mucho la pena lo que había dentro de ellos.
Luego mi vida cambió. Cuando cambias de aires, de paisajes, de amistades… cuando dejas atrás tus rutinas, y dejas de caminar por las mismas calles… cuando todo eso sucede tú comienzas a ser otra persona. Un día te miras en el espejo y eres diferente. Todo es otra cosa. Comienzas a valorarte, eso que antes no hacías. Te abres a nuevas experiencias y personas. Te pierdes por las calles y pierdes incluso la vergüenza para preguntar dónde te encuentras, cómo se llega hasta tu propia casa.
Yo cambié. Necesitaba ese cambio. De esto hace ya algunos años. Pero merece la pena recordarlo. También me compré un pantalón vaquero nuevo. Recuerdo que cuando entré en la tienda y me puse a buscar mi talla, no tenía ni idea de qué talla usaba. Mis pantalones roñosos me empezaban a quedar pequeños, y ya no había agujas ni parches ni nada que arreglasen eso. Estaba engordando. Eso quería decir que mi vida estaba cambiado. Para mejor. Para mucho mejor. Si estaba bien alimentada, eso significaba que había encontrado la felicidad.
Luego vinieron nuevas zapatillas. Nuevos calcetines. Incluso empecé a ir a la peluquería, cosa que estaba empezando a olvidar qué era. La vida me sonreía. Esa vida hija de puta me sonreía y yo en vez de cagarme en ella, me reía con ella y su risa. Cuando algo marcha bien, todo lo demás va mejorando poco a poco.
Y estabas tú. La mujer que sonreía con los ojos. Eterna, bonita, graciosa, coherente, persona, cuidadosa. Estabas tú conmigo. Si yo no sabía arreglar algo tú me enseñabas. Me enseñaste a construir mi nueva vida con sueños y paciencia. Con ilusión. Una ilusión que andaba tan rota como mis pantalones vaqueros, y a esa no había quien la cosiera.
Eras tan perfecta, que a veces, y nunca antes te lo he dicho, tenía que acariciarte en las mejillas para ver si estaban calientes, para ver si eras humana, si tenías latido. Alguien tan perfecta solo podía ser un robot, un holograma, o un personaje de mis historias inventadas.
Pero eras real y me mirabas y me hacías bocadillos para comer en el trabajo a media mañana. Y aquellos platos de pasta que te subían al cielo.
Supe que eras tú y no otra, el mismo día en que empezaste a regalarme libros. Siempre acertabas. Siempre lograbas regalarme un libro que me atrapase en su lectura. Me regalabas libros que no podía dejar de leer. Solo tú lograbas eso. Nadie más. Solamente tú. Y aquellos libros que me regalabas me atrapaban casi tanto como tú, cuando en el silencio de la noche a veces me hablabas, y yo luchaba con la oscuridad para abrirme paso hacia el brillo de tus ojos. Supe, aquellos días, que allí, en el borde de aquella cama de sábanas de Ikea comenzaba mi nueva vida. Y empezaba nuestra felicidad.
Casi tres años ya, de felicidad contigo.

















