1. Pantalones vaqueros y casi tres años

    Escribió eigual el día 30 Marzo 2010

    Yiruma - Do you

    Tuve que aprender a dar respuestas coherentes, cuando me manchaba el pantalón con cualquier cosa y emitía un berrido con mucho coraje. Para la gente normal, ensuciarte los pantalones era algo tan normal como ellos mismos, pero para mi suponía un suplicio. No solo tenía que quitarme el pantalón, lavarlo y esperar a que secara al aire libre ( y rezar para que no lloviese) , sino que durante todo ese tiempo no podía salir a la calle, a menos que quisiera enseñar piernas y trasero, o mi bonito pijama con agujeros.

    Apenas tenías dinero para comprar unos pantalones vaqueros, pero siempre lo intenté llevar con disimulo: son mis preferidos -contestaba- lavar y poner, ya ves (sonrisa). La gente quedaba conforme. Yo por dentro me descosía. Como las costuras de mis pantalones. Se descosían del uso, y yo no sabía coser, sin embargo ahí me podías ver, cosiendo, enmendado agujeros y costuras rebeldes con un kit de costura de los chinos.

    Cuando te conocí yo seguía con los mismos vaqueros. Nuestra primera noche tenía que ser especial, por eso, en vez de comprar unos vaqueros nuevos fui hasta la sección lencería de El Corte Inglés y me compré ropa interior de marca. Una marca muy conocida y deseada. Mis pantalones serían un asco, pero merecía mucho la pena lo que había dentro de ellos.

    Luego mi vida cambió. Cuando cambias de aires, de paisajes, de amistades… cuando dejas atrás tus rutinas, y dejas de caminar por las mismas calles… cuando todo eso sucede tú comienzas a ser otra persona. Un día te miras en el espejo y eres diferente. Todo es otra cosa. Comienzas a valorarte, eso que antes no hacías. Te abres a nuevas experiencias y personas. Te pierdes por las calles y pierdes incluso la vergüenza para preguntar dónde te encuentras, cómo se llega hasta tu propia casa.

    Yo cambié. Necesitaba ese cambio. De esto hace ya algunos años. Pero merece la pena recordarlo. También me compré un pantalón vaquero nuevo. Recuerdo que cuando entré en la tienda y me puse a buscar mi talla, no tenía ni idea de qué talla usaba. Mis pantalones roñosos me empezaban a quedar pequeños, y ya no había agujas ni parches ni nada que arreglasen eso. Estaba engordando. Eso quería decir que mi vida estaba cambiado. Para mejor. Para mucho mejor. Si estaba bien alimentada, eso significaba que había encontrado la felicidad.

    Luego vinieron nuevas zapatillas. Nuevos calcetines. Incluso empecé a ir a la peluquería, cosa que estaba empezando a olvidar qué era. La vida me sonreía. Esa vida hija de puta me sonreía y yo en vez de cagarme en ella, me reía con ella y su risa. Cuando algo marcha bien, todo lo demás va mejorando poco a poco.

    Y estabas tú. La mujer que sonreía con los ojos. Eterna, bonita, graciosa, coherente, persona, cuidadosa. Estabas tú conmigo. Si yo no sabía arreglar algo tú me enseñabas. Me enseñaste a construir mi nueva vida con sueños y paciencia. Con ilusión. Una ilusión que andaba tan rota como mis pantalones vaqueros, y a esa no había quien la cosiera.

    Eras tan perfecta, que a veces, y nunca antes te lo he dicho, tenía que acariciarte en las mejillas para ver si estaban calientes, para ver si eras humana, si tenías latido. Alguien tan perfecta solo podía ser un robot, un holograma, o un personaje de mis historias inventadas.

    Pero eras real y me mirabas y me hacías bocadillos para comer en el trabajo a media mañana. Y aquellos platos de pasta que te subían al cielo.

    Supe que eras tú y no otra, el mismo día en que empezaste a regalarme libros. Siempre acertabas. Siempre lograbas regalarme un libro que me atrapase en su lectura. Me regalabas libros que no podía dejar de leer. Solo tú lograbas eso. Nadie más. Solamente tú. Y aquellos libros que me regalabas me atrapaban casi tanto como tú, cuando en el silencio de la noche a veces me hablabas, y yo luchaba con la oscuridad para abrirme paso hacia el brillo de tus ojos. Supe, aquellos días, que allí, en el borde de aquella cama de sábanas de Ikea comenzaba mi nueva vida. Y empezaba nuestra felicidad.

    Casi tres años ya, de felicidad contigo.

    a 4 lectores les gusta este post

  2. Odio y recuerdos

    Escribió eigual el día 30 Marzo 2010

    No creías en las despedidas, ni en el dolor.
    Que eras muy fuerte -decías-
    mientras el calor de los días
    y nuestros labios y aquellos besos
    quemándonos la lengua
    se quedaban en alguna esquina.

    Tu cuerpo se deshojaba de mis caricias
    con forma de hoja y olvido. En aquel otoño.
    Quedarse  en la comisura de tus labios
    era el mejor plan para aquellas tardes,
    cuando veíamos al sol esconderse tras los árboles del parque.

    Nos mentimos demasiado. Yo te dije que no te quería.
    Y a veces callabas y me regalabas tus dudas
    y yo me comía las uñas cerca de tu casa
    con el corazón acelerado, pisándome las zapatillas.

    Ahora, el tiempo ha pasado. Te pienso muchas veces.
    A veces creo que me recuerdas.
    No pagué mis deudas, para que
    a base de odio
    no me olvides nunca.

    a 2 lectores les gusta este post

  3. Un cuento que escribí

    Escribió eigual el día 29 Marzo 2010

    Mi madre encontró un cuento que escribí siendo una niña y me lo ha enviado por correo sabiendo que me emocionaría demasiado al leerlo, porque me gusta encontrarme con mi pasado. De pequeña también me inventaba historias, de ahí mi afán por la escritura años más tarde y ahora.

    Leyendo el que quizá fue el primer cuento que escribí, me doy cuenta del cambio que se ha producido en mi y en mi forma de escribir. Sobre todo en las faltas ortográficas ¿verdad?:

    Photobucket


  4. Suerte y misterio

    Escribió eigual el día 29 Marzo 2010

    PhotobucketCaminaba muy de mañana hacía el trabajo. Era su último día. La empresa lo despidió al azar, para desquitarse de un sueldo. Él era un sueldo más, por lo que se ve, y no una persona que a partir de ahora tendría muchos problemas para llegar a fin de mes y para sobrevivir. Y no solo él, sino su familia entera.

    Caminaba hacia el metro, pensando en sus problemas. Haciendo cuentas de cabeza, con el dinero que le quedaba. Calculando los gastos imposibles de eliminar. Sintiéndose vencido y gastado, triste y muy perdido.

    Cuando alzó la vista al frente, pudo ver un  papel blanco impreso, en el que se podía leer en letras grandes: ¿PROBLEMAS ECONÓMICOS? NOSOTROS TE AYUDAMOS.. Aquello captó su atención. Él tenía problemas económicos. Vaya si los tenía. Y aquel cartel era muy sugerente. Sin embargo le pareció una pérdida de tiempo y siguió caminando dejando el cartel atrás. Treinta pasos más y allí estaba. Otro cartel, pegado en otra farola. Con las mismas letras escritas. Con su problema escrito en letras negras y grandes ,casi brillantes. Que parecían agrandarse ante sus ojos.

    Se detuvo, preso del miedo y con la desidia que le producía ir camino de su último día de trabajo. Acercó sus ojos hasta el papel, sacó su teléfono móvil del bolsillo y marcó el número.

    Un tono. Dos tonos. Tres tonos. Y una voz metálica al otro lado:

    - Buenos días -dijo la voz-.

    - Hola -dijo él- llamo por un cartel que he visto en la calle…..

    La voz le interrumpió.

    - Problemas económicos… -sugirió la voz-.

    - -dijo él, dejando un extraño silencio entre la voz desconocida y la suya-.

    - No se preocupe. Ahora le llamarán y le dirán qué debe de hacer.

    Le colgaron la llamada. El hombre se sintió estafado. Refunfuñó y siguió su camino inmerso otra vez en las cuentas, los problemas y su último día de trabajo.

    Su teléfono comenzó a vibrar en su bolsillo. Descolgó.

    - Es usted Manuel Cantalejo ¿verdad?.

    - Sí, so yo, pero…cómo saben…. ..yo no he dado mi nombre…

    - No se preocupe.

    Y no se preocupó. Esperó hasta que la voz prosiguió.

    - Manuel, deberá de hacer lo que yo le diga. Cuando se aproxime a la boca de metro, usted se detendrá en el puesto de lotería y comprará diez boletos de la ONCE, del número 80820.

    - ¿Cómo? -exclamó Manuel- Le estoy diciendo que tengo problemas económicos. No puedo gastar dinero en lotería, por Dios.

    - Usted debe de hacer lo que nosotros le digamos. De esta manera sus problemas económicos se solucionarán. ¿De acuerdo?.

    - Es imposible que ése número resulte ganador ¿quienes sois?.

    - Hágalo hoy.

    La llamada se cortó. Manuel se detuvo en seco con el móvil en la mano. Conforme se acercaba a la boca de metro le comenzaron a sudar las manos. Temblaba. Se arrepintió de haber llamado por teléfono a ése número donde lo único que habían hecho, pensó él, era un timo para que comprase lotería.

    - Menudo timo -pensó-

    Pero sin saber cómo ni por qué , sus pies le llevaron hasta ése número. Hasta los cristales donde estaba el número 80820. El número que aquella voz que conocía su nombre, le había dicho.

    Se quedó mirando embobado el número. El lotero lo intuyó. Le preguntó si quería algo. Manuel rebuscó en su cartera, y sacó el único billete en efectivo que le quedaba.

    - Quiero diez boletos del número 80820, por favor.

    El lotero no dudó y le tendió muy bien doblados los diez boletos del número que pedía.

    Pagó. Y fue engullido por la boca de metro. Aquel día transcurrió despacio y afrontó su despido con entereza. Llegó a su casa y se hundió en el sofá. Entonces recordó aquella llamada. Aquellos boletos de lotería que tenía dentro de su cartera. Y extrañamente sonrió.

    - Menuda tontería, menudo engaño, ese número no va a salir. Si saliese sería una locura -pensó-.

    ………………………………………

    Esa misma noche. La noche del sorteo, esperó paciente y consultó en el Teletexto de la televisión el número premiado. Cuando la televisión le mostró el número 80820 en números grandes, se sintió volar, viviendo un sueño. Agarró la cartera, temblando, empapado en sudor. Buscó sus diez boletos con el número 80820 escrito. Y allí estaban. Comprobó número por número cada uno de los boletos. No solo coincidían los números, sino que también coincidía el número de serie en cada uno de los boletos. Lo cual quería decir, que de ser un hombre despedido y pobre, ahora era un hombre millonario y sin problemas económicos.

    Otra persona quizá hubiese gritado y hubiese compartido inmediatamente la alegría con su familia. Sin embargo Manuel salió a la calle, nervioso. Muy nervioso. Y buscó aquellos papeles colgados de las farolas. Aquellos papeles con aquellas letras escritas en grande. Corrió y buscó por todas partes. Pero ni rastro. No había ningún papel. Ni tan siquiera los rastros de pegamento que sin hablar le dijesen que allí hubo colgado un papel. El papel que él vio. El papel que ofrecía solucionarle los problemas económicos. Y que de forma misteriosa le había solucionado.

    De camino a casa seguía mirando en las farolas, en las paredes, en las aceras. Sin encontrar un solo rastro de aquellos papeles.

    Recordó entonces la llamada realizada desde su móvil. Buscó en el historial de llamadas. Manuel solamente quería darles las gracias, preguntarles ¿por qué él y no otro?. Y sobre todo quería saber cómo habían hecho aquello. Qué poderes tenían. Quienes eran. Pero en el teléfono móvil no había ni rastro de las llamadas, ni enviadas, ni recibidas, de esa gente.

    Él pensaba que todo aquello era una estafa. Estaba arrepentido. Se sentía afortunado y agradecido y pensó en la desgracia que hubiese sido no comprar los boletos.

    Manuel le contó a su familia todo lo sucedido. Evidentemente no le creyeron, lo de los papeles colgados y la llamada, quiero decir. Pero Manuel no era consciente aún de todo lo ocurrido hasta que cobró aquel dinero, que le sacaba de la pobreza, que terminaba con sus problemas para siempre, con los quebraderos de cabeza, con las cuentas malditas. Ahora era un Manuel millonario, que podría ir hasta la empresa que le había despedido, comprarla y despedir él a los jefes que habían decidido prescindir de él. Podría ser malo. Pero ser mala persona no estaba en sus planes.

    Él guardaba aquella incertidumbre muy dentro de su cuerpo. Y a menudo pensaba en el culpable de su suerte. Y se preguntaba si alguna vez alguien vendría a reclamarle algo. Nadie regalaba nada. Nadie daba nada gratis. Y él lo sabía.

    Ahora era millonario, y en vez de sentirse inmensamente feliz, se sentía en deuda con alguien o con algo, de quien no conocía absolutamente nada. Y tenía miedo.

    Miedo a tener que pagar un precio. A una especie de condena que ni el mismo conocía.


  5. Heaven

    Escribió eigual el día 27 Marzo 2010

    A lo lejos se escuchaba una canción de Bryan Adams. Cantaba su Heaven. Aquella canción que escuché tantas veces seguidas, aquellos terribles días cuando el amor dolía más que curaba. Cuando no conocía todavía las cicatrices ni las despedidas. Cuando desconocía que había gente muy hija de puta. Gente muy mala. Muy mentirosa. Gente que te puede dejar desnuda y sin nada. Gente que te diría te quiero para luego abandonarte a la suerte de las noches tristes y a solas. Gente, sí. Gente que hoy quizás buscará mi nombre en Google y llegará aquí y pensará: hace tanto tiempo que no hablamos. Sí, hace tanto tiempo. Tanto tiempo.

    Y la canción de Bryan Adams. Ése Heaven se ha clavado en mi y me ha hecho sentir la misma desesperación de aquellos malditos días, cuando paseaba por parques, cuando el sabor de un helado era quizás la decisión más difícil de tomar. El aire de la ciudad enamorada y años después, maldita, me acariciaba las mejillas como si no sucediera nada. Comer en un restaurante era quizás un sueño de adolescente. Y unas tapas en cualquier Bar el plan de cualquier fin de semana. Ver el mar la hazaña más complicada. Soñar despierta era cada día una realidad que se palpaba.

    No volvería a aquellos días. Claro que no. Aún recuerdo el olor del sumidero de la terraza donde tantas noches pensé que me faltabas tú. Nuestras charlas bajo la luna llena. Nuestras miradas cómplices. Y es que daba igual dónde y de qué modo nos encontrásemos. En cualquier vida y de cualquier manera nos hubiésemos encontrado (como en Lost). Y hubiese sonado la misma canción. Eterna canción. Como esta noche, como estos días atrás, donde aún no teniendo aquella terraza bajo mis pies, te pienso.


Mas entradas