(Historia en primera persona. Dedicada a una lectora de este blog que me ha escrito un precioso mail)
Parece que te apaguen la luz. Parece que se haga de noche y tú te quedas esperando a que salga el sol. Pero ese sol no llega con la mañana, ni con el transcurso de los días. Es inútil llorar o mirarte en el espejo para encontrarte. No solucionas nada. Entras en las habitaciones buscando a tientas el interruptor de la luz, hasta que algún familiar te coge por el brazo y te dice “no pasa nada, tranquila, no pasa nada”. Los días pasan y ya no puedes leer, ni escribir, ni subir ni bajar escaleras tú sola. No encuentras tu ropa en el armario. Y te tienen que ayudar a todo, hasta a echar pasta de dientes al cepillo.
Mi madre me ha contado que los primeros días fueron terribles y dolorosos. Que no dejaba de llorar y de sentirme desgraciada.Tenía que volver a aprender a leer, a escribir, caminar. Incluso a hablar, porque siempre fui una chica tímida que se refugiaba siempre tras su mirada. El tacto se convirtió en el sentido más importante. Con mis manos yo veía el mundo. Por las noches escuchaba la radio. Con el tiempo me adaptaron un ordenador que podía consultar yo sola y que leía en voz alta todo lo que yo era incapaz de leer. Me dolía no poder leer yo con mis propios ojos, porque las cosas se sienten diferentes cuando las lees de cuando te las leen. Yo lo sabía porque años atrás había disfrutado de mi visión perfecta.
El médico le dijo a mi madre que lo bueno era, que ya no tendría que enfrentarme jamás a subir a un coche. Porque nunca podría conducir. Y que por ello me ahorraría alguna depresión. Cuando mi madre me contó esto, supe que me había quedado ciega para siempre. Desde ese día empecé a salir a la calle con mi bastón. Mi madre me seguía algunas mañanas porque tenía miedo de que me sucediera algo.
Cuando eres consciente de que quedarte ciega no es lo peor que te puede pasar, empiezas a apreciar la vida como antes no lo hacías.
Es triste que te tengan que robar algo tan importante cómo eso, para que aprecies las caricias, los besos, la rugosidad de la piel de una naranja o la suavidad del pelaje de un gato.
Sin embargo sientes que también puedes aprender a ser feliz dentro de tu oscuridad.
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