“Escucha, escucha está canción. Es mi preferida, siempre he pesando que habla de ti y de mi. En la canción yo te hablo a ti y te digo que me cuentes la historia de O, pero la historia verdadera. Porque solo tú sabes contarme historias” -me decías, algunas tardes/noches tumbados o sentados, sobre la hierba verde del parque-.
Era tu canción favorita. Cogías la guitarra y la tocabas. “Me tienes que enseñar a tocar la guitarra” -te decía, mientras no dejaba de mirarte con admiración y con el cariño que solo sabía tenerte a ti-.
“Cualquier día de estos te enseño. Que más da que sea hoy o mañana. Tenemos tiempo, pequeña” -me decías, mientras tocabas los primeros acordes de nuestra canción-.
Eras el típico chico arrepentido de la vida que ha vivido. Y de cómo la ha vivido. Y calmabas un poco el dolor que aquello te producía, tocando la guitarra, cuidando los canarios que tenías en casa o perdiéndote conmigo por las calles de una ciudad que jamás terminaría de ser nuestra.
No tenías amigos, casi como yo. Porque me contabas que la gente te había decepcionado demasiado. Y que aquellos que decían ser un día tus amigos, solamente te provocaron dolor y te estrecharon siempre el camino. No tenías amigos porque nadie se detenía a escuchar tus reflexiones filosóficas, porque nadie lloraba nunca aún siendo un hombre delante tuya. No tenías amigos porque te veías muy diferente, muy extraño alrededor de todo el mundo. Casi también, como yo me veía.
El día que nos conocimos. El día que nos miramos por primera vez fue un flechazo en toda regla. Pero un flechazo de los de verdad. Y no de amor precisamente. Era la primera vez que nos veíamos, sin embargo, no nos cortamos a la hora de hablar. Compartíamos los mismos gustos musicales, padecíamos la misma soledad, buscábamos ese otro mundo donde encajar, teníamos los mismos miedos. Cada uno tenía un poquito de lo que le faltaba al otro. Creo que el día se nos hizo noche, en la puerta de la oficina donde trabajábamos. Algo nos estaba uniendo. Era una fuerza extraña. Como si hubiesen colocado unos imanes dentro de nuestro pecho y no nos pudiésemos separar. De la puerta de la oficina, decidimos, ir a cenar a un restaurante Japonés. Reímos. Lloramos. Recordamos. Y ese mismo día me dijiste que jamás le habías regalado tu confianza a nadie, pero que sin apenas darte cuenta, me la estabas dando a mi el primer día. No tuviste que aclarar que no ligabas conmigo. Yo ya sabía que lo nuestro no iba por ahí. Lo nuestro era otra cosa más fuerte y más hermosa.
Me contaste también, ese día… [....] y lo recuerdo como si fuese ayer: Los palillos temblaban entre tus dedos. Y allí, comiendo shushi me dijiste que te estabas muriendo. Qué exactamente no sabías cuanto tiempo de vida te quedaba, pero que notabas como te alejabas hacía otra parte, despacio, tan despacio que no sentías vértigo.
El día que te conocí aún tu enfermedad, te sonreía sin tocarte.
Esa noche dormimos a la intemperie. Bueno, no dormimos. Estuvimos mirando el cielo. Hablando de todo. Escuchando, también, a veces, nuestro propio silencio. De vez en cuando alguna frase, alguna risa y por qué no decirlo, alguna lágrima.
Era el primer día que pasábamos juntos y parecía que hubiésemos compartido toda una vida. Me hablaste de tu padre, de lo solo que está siempre y de lo poco que demuestra sus sentimientos. Del accidente de tu madre y de lo triste que es todo desde que ella no está. “Sabes -me decías, temblando- mi padre nunca llora. Desde que murió mi madre se quedó sin lágrimas y quedó mudo. Se traga sus sentimientos. Nunca sé si está bien o si está mal y si le pregunto siempre me echa en cara mi enfermedad”.
Yo le escuchaba. Dentro de él había dolor y lucha. Pero un dolor que se podía saborear e incluso tocar. Y una lucha, que a pesar de tener su futuro escrito, brillaba. Parpadeaba y tintineaba. Él aceptó su error y las consecuencias y a partir de ahí luchó cuanto pudo. Decía, y jamás podré olvidar esa frase: “voy a luchar hasta que mi cuerpo se muera y me abandone. Y cuando se muera intentaré correr tras él para traerlo de nuevo a mi. Fíjate si voy a luchar”.
No estuve a su lado por su enfermedad. Ni porque se estaba muriendo. Estuve con él porque no quería hacer otra cosa. Porque me gustaba prepararle bizcochos de chocolate. Porque me gustaban sus canciones. Porque hablar con él era otra cosa. Otra cosa que jamás he vuelto a encontrar en nadie.
Siempre decíamos que tiraríamos el uno del otro. Y eso hicimos. Algunas noches el dolor se hacia insoportable y yo me tumbaba a su lado, en la cama. Le contaba la historia de un personaje muy malo que me inventé llamado “Doctor-dolor”. Y ese personaje se había metido dentro de su cuerpo y quería acabar con él. Mientras le contaba el cuento cogía su mano temblorosa y le hacía blandir una espada imaginaria para acabar con el “Doctor-dolor”.
Siempre ganábamos la batalla. En mis cuentos él siempre se salvaba.
Se moría de dolor y entre todo ese dolor, siempre había espacio para una sonrisa. Me sonreía. Me agarraba la mano con fuerza. Yo le hablaba de todo lo que podríamos hacer cuando el dolor cesara. Podríamos aprender a hacer la masa de pizza. Y hacer una pizza a nuestro gusto. Una enorme pizza. Una pizza con sugus de frambuesa. Y él se reía y me decía: “gracias por tirar de mi… hoy tiras tú de mi y mañana tiraré yo de ti” . Y yo le respondía: “pues claro qué sí, tiraré de ti con todas mis fuerzas. Te voy a sacar de donde haga falta”.
Su enfermedad avanzaba a pasos agigantados. Le engullía con su enorme boca de dientes afilados. Pero yo mantenía mi sonrisa siempre. Era la única forma de alejar un poco a la fiera que lo devoraba.
No tenía apenas fuerzas para mantenerse de pie: en vez de ir hasta el parque a tumbarnos en la hierba verde, nos quedábamos en casa, encima de la alfombra y comíamos castañas asadas con una manta por encima, porque era invierno y en su casa hacía un frío que pelaba.
Jamás lloré a su lado y siempre quise pensar que se curaría. Que no podía morirse y dejarme tan sola. No quería perderle. He pasado una vida entera buscándole. No podía perderle así. No podía.
Pero cada día que pasaba estaba peor. Empezó a fallarle el cuerpo: se orinaba encima, perdía el sentido del tacto y perdía la cabeza al verse así.
Contenía mis lagrimas, mientras su padre y yo le cambiábamos la ropa y lo lavábamos : “no pasa nada hombre -le decía- qué pasa que nunca te has orinado encima. Esto pasa en las mejores familias. Incluso yo, a mi edad.. en fin, si yo te contara. Él se reía pero sabía que ese futuro se acercaba cada vez más. Sabía que su cuerpo le decía adiós, le decía no puedo más, sigue tu sólo. Pero él solo no podía seguir , por mucho que su padre y yo deseáramos ese milagro.
Cuando estaba en mi casa, a solas, lloraba y a él jamás se lo dije. Nunca le conté a nadie, tampoco, esta historia. Ni le hablé de él, porque no quería compartir su recuerdo con nadie. Fui egoísta. Una niña mal criada a la que le quitan “su juguete” preferido y se enfada. Pero es que él no fue mi juguete: Él era mi yo en hombre. Mi hermano mayor. Mi padre. Mis manos. Mis ojos. Mi todo. Y no nos conocíamos de nada.
No se cuántas veces se revolcó en el dolor de aquel error. Y no se cuántas veces le dije que el pasado ya era pasado. Que había que aprender de los errores. Pero él ya no tenía tiempo para aprender nada. Solo podía vivir lo que le quedaba.
Lo ingresaron en el la clínica. Pero esto, ya os lo he contado. Su padre pagó la clínica más cara. Una clínica donde no le iba a faltar de nada. Donde te dejan estar con el enfermo el tiempo que haga falta. En esa clínica se le fueron metiendo los ojos hacía dentro. Fue perdiendo más y más la vida y aún así me decía que quería ir a tumbarse sobre la hierba verde del parque y cantarme la canción de Amie. La canción que hablaba de los dos.
Lo echo mucho de menos. Y lo mantengo vivo en mi recuerdo. A veces sueño con él y siempre estamos sobre la hierba del parque él con su guitarra y yo con los codos apoyados en mis piernas y mis manos rodeando la cara. Embobada, mirándole. Sabiendo que aunque cuesta mucho trabajo y hay que tener mucha suerte para encontrar personas como él, existen, se encuentran.
Nadie nunca ocupó su lugar. Y cuando necesito que alguien tire de mi, me pongo nuestra canción.
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