1. Sugus de frambuesa 2

    Escribió eigual el día 30 Septiembre 2009

    “Escucha, escucha está canción. Es mi preferida, siempre he pesando que habla de ti y de mi. En la canción yo te hablo a ti y te digo que me cuentes la historia de O, pero la historia verdadera. Porque solo tú sabes contarme historias” -me decías, algunas tardes/noches tumbados o sentados, sobre la hierba verde del parque-.
    Era tu canción favorita. Cogías la guitarra y la tocabas. Me tienes que enseñar a tocar la guitarra” -te decía, mientras no dejaba de mirarte con admiración y con el cariño que solo sabía tenerte a ti-.
    “Cualquier día de estos te enseño. Que más da que sea hoy o mañana. Tenemos tiempo, pequeña” -me decías, mientras tocabas los primeros acordes de nuestra canción-.

    Eras el típico chico arrepentido de la vida que ha vivido. Y de cómo la ha vivido. Y calmabas un poco el dolor que aquello te producía, tocando la guitarra, cuidando los canarios que tenías en casa o perdiéndote conmigo por las calles de una ciudad que jamás terminaría de ser nuestra.
    No tenías amigos, casi como yo. Porque me contabas que la gente te había decepcionado demasiado. Y que aquellos que decían ser un día tus amigos, solamente te provocaron dolor y te estrecharon siempre el camino. No tenías amigos porque nadie se detenía a escuchar tus reflexiones filosóficas, porque nadie lloraba nunca aún siendo un hombre delante tuya. No tenías amigos porque te veías muy diferente, muy extraño alrededor de todo el mundo. Casi también, como yo me veía.

    El día que nos conocimos. El día que nos miramos por primera vez fue un flechazo en toda regla. Pero un flechazo de los de verdad. Y no de amor precisamente. Era la primera vez que nos veíamos, sin embargo, no nos cortamos a la hora de hablar. Compartíamos los mismos gustos musicales, padecíamos la misma soledad, buscábamos ese otro mundo donde encajar, teníamos los mismos miedos. Cada uno tenía un poquito de lo que le faltaba al otro. Creo que el día se nos hizo noche, en la puerta de la oficina donde trabajábamos. Algo nos estaba uniendo. Era una fuerza extraña. Como si hubiesen colocado unos imanes dentro de nuestro pecho y no nos pudiésemos separar. De la puerta de la oficina, decidimos, ir a cenar a un restaurante Japonés. Reímos. Lloramos. Recordamos. Y ese mismo día me dijiste que jamás le habías regalado tu confianza a nadie, pero que sin apenas darte cuenta, me la estabas dando a mi el primer día. No tuviste que aclarar que no ligabas conmigo. Yo ya sabía que lo nuestro no iba por ahí. Lo nuestro era otra cosa más fuerte y más hermosa.
    Me contaste también, ese día… [....] y lo recuerdo como si fuese ayer: Los palillos temblaban entre tus dedos. Y allí, comiendo shushi me dijiste que te estabas muriendo. Qué exactamente no sabías cuanto tiempo de vida te quedaba, pero que notabas como te alejabas hacía otra parte, despacio, tan despacio que no sentías vértigo.

    El día que te conocí aún tu enfermedad, te sonreía sin tocarte.

    Esa noche dormimos a la intemperie. Bueno, no dormimos. Estuvimos mirando el cielo. Hablando de todo. Escuchando, también, a veces, nuestro propio silencio. De vez en cuando alguna frase, alguna risa y por qué no decirlo, alguna lágrima.

    Era el primer día que pasábamos juntos y parecía que hubiésemos compartido toda una vida. Me hablaste de tu padre, de lo solo que está siempre y de lo poco que demuestra sus sentimientos. Del accidente de tu madre y de lo triste que es todo desde que ella no está. “Sabes -me decías, temblando- mi padre nunca llora. Desde que murió mi madre se quedó sin lágrimas y quedó mudo. Se traga sus sentimientos. Nunca sé si está bien o si está mal y si le pregunto siempre me echa en cara mi enfermedad”.
    Yo le escuchaba. Dentro de él había dolor y lucha. Pero un dolor que se podía saborear e incluso tocar. Y una lucha, que a pesar de tener su futuro escrito, brillaba. Parpadeaba y tintineaba. Él aceptó su error y las consecuencias y a partir de ahí luchó cuanto pudo. Decía, y jamás podré olvidar esa frase: “voy a luchar hasta que mi cuerpo se muera y me abandone. Y cuando se muera intentaré correr tras él para traerlo de nuevo a mi. Fíjate si voy a luchar”.

    No estuve a su lado por su enfermedad. Ni porque se estaba muriendo. Estuve con él porque no quería hacer otra cosa. Porque me gustaba prepararle bizcochos de chocolate. Porque me gustaban sus canciones. Porque hablar con él era otra cosa. Otra cosa que jamás he vuelto a encontrar en nadie.
    Siempre decíamos que tiraríamos el uno del otro. Y eso hicimos. Algunas noches el dolor se hacia insoportable y yo me tumbaba a su lado, en la cama. Le contaba la historia de un personaje muy malo  que me inventé llamado “Doctor-dolor”. Y ese personaje se había metido dentro de su cuerpo y quería acabar con él. Mientras le contaba el cuento cogía su mano temblorosa y le hacía blandir una espada imaginaria para acabar con el “Doctor-dolor”.

    Siempre ganábamos la batalla. En mis cuentos él siempre se salvaba.

    Se moría de dolor y entre todo ese dolor, siempre había espacio para una sonrisa. Me sonreía. Me agarraba la mano con fuerza. Yo le hablaba de todo lo que podríamos hacer cuando el dolor cesara. Podríamos aprender a hacer la masa de pizza. Y hacer una pizza a nuestro gusto. Una enorme pizza. Una pizza con sugus de frambuesa. Y él se reía y me decía: “gracias por tirar de mi… hoy tiras tú de mi y mañana tiraré yo de ti” . Y yo le respondía: “pues claro qué sí, tiraré de ti con todas mis fuerzas. Te voy a sacar de donde haga falta”.

    Su enfermedad avanzaba a pasos agigantados. Le engullía con su enorme boca de dientes afilados. Pero yo mantenía mi sonrisa siempre. Era la única forma de alejar un poco a la fiera que lo devoraba.
    No tenía apenas fuerzas para mantenerse de pie: en vez de ir hasta el parque a tumbarnos en la hierba verde, nos quedábamos en casa, encima de la alfombra y comíamos castañas asadas con una manta por encima, porque era invierno y en su casa hacía un frío que pelaba.
    Jamás lloré a su lado y siempre quise pensar que se curaría. Que no podía morirse y dejarme tan sola. No quería perderle. He pasado una vida entera buscándole. No podía perderle así. No podía.
    Pero cada día que pasaba estaba peor. Empezó a fallarle el cuerpo: se orinaba encima, perdía el sentido del tacto y perdía la cabeza al verse así.
    Contenía mis lagrimas, mientras su padre y yo le cambiábamos la ropa y lo lavábamos : “no pasa nada hombre -le decía- qué pasa que nunca te has orinado encima. Esto pasa en las mejores familias. Incluso yo, a mi edad.. en fin, si yo te contara. Él se reía pero sabía que ese futuro se acercaba cada vez más. Sabía que su cuerpo le decía adiós, le decía no puedo más, sigue tu sólo. Pero él solo no podía seguir , por mucho que su padre y yo deseáramos ese milagro.

    Cuando estaba en mi casa, a solas, lloraba y a él jamás se lo dije. Nunca le conté a nadie, tampoco, esta historia. Ni le hablé de él, porque no quería compartir su recuerdo con nadie. Fui egoísta. Una niña mal criada a la que le quitan “su juguete” preferido y se enfada. Pero es que él no fue mi juguete: Él era mi yo en hombre. Mi hermano mayor. Mi padre. Mis manos. Mis ojos. Mi todo. Y no nos conocíamos de nada.
    No se cuántas veces se revolcó en el dolor de aquel error. Y no se cuántas veces le dije que el pasado ya era pasado. Que había que aprender de los errores. Pero él ya no tenía tiempo para aprender nada. Solo podía vivir lo que le quedaba.

    Lo ingresaron en el la clínica. Pero esto, ya os lo he contado. Su padre pagó la clínica más cara. Una clínica donde no le iba a faltar de nada. Donde te dejan estar con el enfermo el tiempo que haga falta. En esa clínica se le fueron metiendo los ojos hacía dentro. Fue perdiendo más y más la vida y aún así me decía que quería ir a tumbarse sobre la hierba verde del parque y cantarme la canción de Amie. La canción que hablaba de los dos.

    Lo echo mucho de menos. Y lo mantengo vivo en mi recuerdo. A veces sueño con él y siempre estamos sobre la hierba del parque él con su guitarra y yo con los codos apoyados en mis piernas y mis manos rodeando la cara. Embobada, mirándole. Sabiendo que aunque cuesta mucho trabajo y hay que tener mucha suerte para encontrar personas como él, existen, se encuentran.

    Nadie nunca ocupó su lugar. Y cuando necesito que alguien tire de mi, me pongo nuestra canción.


  2. Ser tú

    Escribió eigual el día 29 Septiembre 2009

    Cuando naciste nadie te preguntó si querías nacer. Si querías ser niño o niña. Si te querías llamar Juan, Marta, Estela o Jesús. Nadie te preguntó si querías vivir rodeado de preguntas.

    Tu vida empezó como el pistoletazo de salida en una carrera, en la que por cierto,  nadie te preguntó si querías participar. Chicos y chicas. En eso se basaba la vida. Y tú lo tenías todo: eras una chico con envoltura de chica. Qué divertido ¿no?.
    Cuando eras pequeño siempre tenías que ser el reserva en todo: en el fútbol, en las canicas, en los juegos de lucha. Y siempre te decían lo mismo: “Si Pablo no viene.. si Pablo enferma…si Pablo no está.”. Siempre tenías que depender de la mala suerte de otro para poder participar en juegos de “niños”.

    Las niñas saltaban a la comba en el patio. Tú para ellas eras la “rara”. La chica rara que perseguía a los chicos hasta la saciedad. La marimacho. La niña callada que miraba por la barandilla a los niños jugar al fútbol durante todo el recreo. La niña a la que su madre quería vestir siempre de rosa.

    La infancia no fue fácil. Pero entre preguntas e historias, creciste. Y te afirmaste en tu idea: querías, por fin, quitarte el envoltorio. Dejar de llamarte Carmen. Afeitarte la barba. Vestir con ropa de chico. No ser jamás, el reserva de nadie. Ser por fin tú mismo.


  3. Sugus de frambuesa

    Escribió eigual el día 28 Septiembre 2009

    Tú siempre luchabas. Nunca te rendías. Siempre tenías esperanzas y jamás abandonabas nada. Cuando te quedabas sin fuerzas y parecía que caías yo tiraba de ti. Te daba mi mano y no te soltaba. “Hoy tiro yo de ti, mañana tiras tú de mi ¿vale?” -te decía sonriendo-.
    Había días en los que te arrepentías de todo lo vivido. Llorabas sobre mi hombro y maldecías aquellas tardes y noches. No sabías en qué momento pudo ocurrir. Cuándo fue que tu cuerpo empezó a derretirse por dentro. A carcomerse por dentro. A morirse un poco cada día.

    Te compraba caramelos Sugus, pues eran los que más te gustaban. Los caramelos Sugus de frambuesa, esos eran tus favoritos. “Cada vez que te comas un Sugu de frambuesa, guardaremos el envoltorio y lo iremos pegando en esta caja de cartón” -te expliqué, sosteniendo la caja con mis manos-. “Pero esa caja es enorme” -dijiste abriendo mucho los ojos-. “Sí, es muy grande, pero vamos a empapelar esta caja con todos los Sugus de frambuesa que te comas, ya lo verás”.
    Iba a ser divertido ir pegando los envoltorios de los Sugus en la caja de cartón. Quería, con esto, tenerte distraído, fíjate que tontería. Quería que pusieras tu ilusión y tus ganas en envolver toda la caja con los envoltorios de Sugus. Y que dejases de mirarte tanto en el espejo, donde solo veías tu enfermedad y tu cuerpo que se hacía cada vez más pequeño.

    Te ingresaron en una clínica que tu padre había pagado. Una clínica en la que no te podían curar, pero sí, te podrían alargar la vida, un par de meses. Tú no lo sabías. Tú parecías confiar en que todo pasaría y que tu cuerpo volvería a recuperar su vida.
    Cuando tuviste que dejar tu casa lloraste. No querías dejar a tus canarios de colores solos en casa. Y conseguí tranquilizarte diciéndote que yo te los cuidaría hasta tu regreso. Y te convencí.
    Te visitaba siempre que podía. Te llevaba bolsas y bolsas de Sugus y tú ibas guardando los envoltorios, de los de frambuesa uno encima de otro en el cajón de tu mesita.
    Los viernes nos dedicábamos a pegar los envoltorios en la caja. Las enfermeras se reían de nosotros. Algunos enfermos se acercaban , a veces, hasta la cama, para ver los trabajos manuales que hacías.
    Siempre eras tú quien te encargabas de pegar los envoltorios con el pegamento de barra, yo sostenía la caja sobre tu regazo.

    Estuve tres días sin poder ir a verte, tuve que echar horas extras en el bar donde trabajaba, si no, literalmente, me echaban. Una mañana tu padre me llamó con la voz temblorosa , me dijo que habías empeorado mucho, y que ni los médicos sabían cuántas horas de vida te quedaban.
    Salí corriendo del bar, sabiendo que al salir por la puerta, podía dar el trabajo por perdido. Pero me daba igual.

    Cuando llegué y te vi fui incapaz de reconocerte. En tres días te me habías ido muy lejos. Por ojos solo tenías cuencas casi vacías. Tus ojos azules eran absorbidos poco a poco por la enfermedad. Y no podías verme, pero yo pensaba que tú me sentías a tu lado. Te cogí la mano, una mano ahora casi fría, que solo eran huesos y ni tan siquiera apreté por miedo a si se rompían. Tenías la boca cerrada y muy seca. Me acerqué a tu mejilla sin poder evitar llorar mientras lo hacía y hundí mis labios en tu cara hasta notar tu hueso maxilar en mis labios. Un hueso frágil y frío. Todo el vello de la piel se me erizó de repente. Tu padre estaba al borde de tu cama. Un padre que intentaba hacerse el duro y que le hubiese gustado otro futuro para su único hijo. Otro futuro diferente y no una muerte en una cama que parece un interminable precipicio por el que no se termina de caer nunca.

    Tu padre y yo estuvimos toda la noche a tu lado. Yo tiraba de ti todavía, porque no te habías ido de mi lado por más que los médicos me dijesen que se podía decir que ya no estabas. Yo tiraba de ti.. ¿recuerdas? : “Hoy tiro yo de ti, mañana tiras tú de mi ¿vale?”.

    Aquella máquina empezó a pitar de madrugada. Nos levantamos del susto tu padre y yo de las butacas en las que estábamos sentados, esperando qué se yo, que despertaras o que te fueras para siempre. Nos levantamos y nos acercamos a ti, pero tú ya no estabas. Sobre la cama había un saco de huesos. Y ya nada quedaba de tus inmensos ojos azules ni de tus manos fuertes ni de tu pecho cuadrado. Todo dentro de ti se había detenido. Era el fin de tu vida y yo no me daba cuenta y seguía tirando de ti.
    Caí derrotada sobre la butaca, aceptando que ya no estabas. Tu padre me puso una mano sobre el hombro y por primera vez, desde que empezó tu enfermedad, le vi llorar. Eran lágrimas sinceras. Le tenías que haber visto.

    Cuando ya se llevaron tu cuerpo, quedamos tu padre y yo recogiendo tus cosas personales de la habitación. Abrí el cajón de tu mesita y vi una bolsa enorme llena de Sugus sin envoltorio. No entendía nada, al principio. Cogí la bolsa de Sugus intentando entenderlo. Busqué con la mirada la caja en la que estábamos pegando los envoltorios, pero no la veía por ninguna parte.

    Salíamos de la habitación, yo sin soltar la bolsa de Sugus pelados. Una enfermera me llamó por mi nombre. Yo conocía a esa enfermera, pues coincidía su turno con aquellas tardes y noches en que yo venía a estar con él. Era la misma enfermera que se reía cuando nos veía pegar en la caja los envoltorios de Sugus. Me giré para ver qué quería. Se acercó a mi con una caja hecha de Sugus de frambuesa. Todos bien pegados. Bien alineados. Una caja de Sugus de frambuesa con su tapa y todo. Perfecta.
    “Siento mucho no haber podido dártela antes, pero he comenzado mi turno ahora mismo. En tu ausencia, él se pasó todo el día pegando envoltorios de Sugus en la caja. Decía que no le daría tiempo a terminarla y que tú sabias que él siempre lo terminaba todo. Ya he visto que nos ha dejado, lo siento mucho, se veía un chico muy alegre y el último día que le vi me dio la caja para que yo te la diera. Él sabía que no te volvería a ver. Puso sus últimos días en esa caja. Por eso pienso que es muy especial y tienes que guardarla” -dijo le enfermera, con la voz temblorosa todo el rato-.

    Le di las gracias aguantando las lagrimas como pude. Haciéndome la fuerte que nunca fui. Y salí viendo borroso a través de las lágrimas, de aquella clínica donde nunca más quería volver a entrar. No si entraba para volver a salir sin ti.
    En la calle llovía. Apreté la caja contra mi pecho. Dentro de ella iba a guardar muchas cosas, de eso estaba segura. Y con aquella caja tiraste tú de mi por última vez. De mi y de tu padre, sin tú saberlo.
    Desde aquel día cada vez que me como un Sugu de frambuesa guardo el envoltorio en mi bolsillo sin querer. Te quedaste cerca. En alguna parte, de eso, estoy segura.


  4. no lo entiendo

    Escribió eigual el día 26 Septiembre 2009

    Yo hay veces que no entiendo el amor. No entiendo situaciones, ni algunas decisiones que toma la gente en momentos determinados. Pero sobre todo, no entiendo como se puede perder algo tan grande en tan poco tiempo. Algo que ha costado tanto esfuerzo, tanto tiempo, tantos besos y caricias.
    Yo no sé si quiero saber dónde queda todo eso que se pierde. Y cómo se puede hacer tu boca, a otra, en tan poco tiempo.

    Yo no lo entiendo, porque desgraciadamente o afortunadamente creo en el amor por encima de todas las cosas. Y creo en que a veces, dos personas, están hechas para estar la una con la otra. Y que no puede ser de otra manera. Sé que no lo entiendo porque creo en los amores idílicos, en el “para toda la vida”. Porque yo creo en que unos ojos y unas manos en el transcurso de los años (de muchos años) sigan provocando escalofríos con miradas y caricias. Sigan provocando la misma sensación de amor de aquellos días.

    Y sobre todo no lo entiendo hoy, cuando me cuentas que se ha terminado todo y quisiera por todos los medios entenderlo. Entender cómo es posible que se pueda vivir sin la luz que desprenden tus ojos.


  5. no me quedó nada

    Escribió eigual el día 25 Septiembre 2009

    Tus ojos tenían sonrisa

    y de tus labios se escapaba  música

    en forma de besos.

    De ti no me quedó nada.

    Ni el tierno arañazo en la espalda.

    Ni el bocado urgente en el hombro.

    Sin embargo recuerdo muy bien

    aquellas ganas de llegar a casa.

    Y recuerdo tu cuerpo

    cuando se acoplaba al mío

    en noches que fueron nuestras.

    Aún así de ti no me quedó nada.

    Solo un recuerdo, que a día de hoy

    ya no sirve absolutamente para nada.


Mas entradas