Te habías tatuado su nombre. Su nombre en tu brazo, y venías llorando, con la mandíbula desencajada y los ojos tan rojos como los nudillos de tus manos, de tanto golpe en la pared, de tanta desesperación, de tanto ¿por qué? ¿para qué?. De tanta pregunta sin respuesta.
Cogiste una toalla y una botella de Fairy , y empezaste a frotar y a frotar tu brazo tatuado con el nombre de Elena. Tenías su nombre tatuado en el brazo y el Fairy era antigrasa, no antiamor. Ahora tendrías que llevarla siempre contigo, a no ser, que te cortases el brazo de cuajo. El tatuaje te bordaba todas las venas del antebrazo. Búscate otra que tenga ese nombre, te dije por despecho, porque a pesar de mis consejos jamás me habías hecho caso.
Te limpiabas los mocos con tu pañuelo reciclado y te rascabas la barba de cuatro días que ocultaba tu boca de paréntesis volcado.
Y pretendías que en un chasquido de dedos yo pudiese borrar aquel tatuaje que te recordaría siempre a ella. Eternamente a ella.
¿Sabes qué voy a hacer? -me dijiste con los ojos grandes-. Voy a ir a buscarla y voy a decirle qué vuelva conmigo. Voy a decirle que todo ha sido un malentendido. Qué ella y yo estamos hechos el uno para el otro. Le volveré a enseñar mi brazo. Tiene qué volver conmigo, llevo su nombre tatuado. Yo perdono todos sus errores. Volveremos a empezar como si nada hubiese sucedido.
¿Y todo por un tatuaje? -te pregunté-. No puedes volver con ella porque lleves su nombre tatuado. Te ha mentido y no te quiere. Tenías qué haberlo pensando antes. Piensa que cualquier mujer que se enamore de ti, seguramente no le importe lo que ponga en tu brazo. Al final, terminé por convencerte, y no fuiste a cometer la barbaridad de decirle a la mujer que tanto daño te había hecho qué volviese contigo.
Al cabo de los meses viniste a verme. Traías sonrisa renovada. Te habías hecho otro tatuaje, con el nombre de Verónica en el otro antebrazo. Te pregunté por qué lo habías vuelto a hacer. Y tu respuesta fue, que te quería mucho y que ésta sabías que era la definitiva. Qué cuando ella te preguntó quién era Elena, le dijiste que era el nombre de tu madre muerta. Al cabo del tiempo se enteró de la mentira y te dejó. Viniste llorando de nuevo , y solo se me ocurrió decirte algo: bueno, al menos, ya no te quedan antebrazos, y madre solo hay una.
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