Cierto día en el trabajo, todos comenzaron a decir verdades. Los sentimientos empezaron a brotar del pecho de todos los que tantos días se mantuvieron callados. Y aquellos que mintieron tantas veces, comenzaron a decir todas las verdades posibles. Las atracciones entre unos y otros fueron dichas de frente, a la cara. Hubo desencantos. El desamor brillaba. Y el amor también, pero en ausencia. Los más interesados se fueron directamente al despacho del jefe, para escuchar las verdades que éste qué decirle. Muchos salieron despedidos y a otros les subió el sueldo. Había risas y lágrimas. Nadie dejaba de hablar ni un segundo. Se buscaban los unos a los otros, con las manos, además de con la palabra y la mirada. Se palpaban, se rozaban, y también hubo tortazos. Y algunas palabras dolieron más que algunos golpes.
Todos empezaron en ese momento, a conocerse de verdad. Los que caían bien empezaron a caer mal. Y aquellos que siempre caían mal, comenzaron a caer bien, ya que pocas mentiras habían contando y por eso no tenían apenas verdades. Pero sí se sinceraban más de la cuenta. Sí contaban cómo se sentían, cuánto de solos e incomprendidos. Y eso, ablandó el corazón de muchos, y enfureció el de otros.
Era como una guerra. Una guerra de varios bandos. Comencé a asustarme un poco, cuando les vi escupir tantas palabras seguidas. Eran palabras cruzadas, que si te rozaban te llegaban a quemar. Gritaban unos más que otros. Y los que callaban lo hacían para tomar más impulso en la voz y en las palabras.
Sentí un miedo terrible. Sentí por primera vez miedo a la verdad. En ese momento dejé de escribir esta historia, y todo se detuvo. Volvieron todos a su sitio y ahora no se acuerdan de nada de lo vivido. Desde entonces, les conozco mejor. Y he aprendido que es mejor una mentira aunque haga daño, que mil verdades.
En realidad, lo que tengo mucho más claro tras toda esta historia, es que todos aparentamos algo que no somos, todos nos escondemos tras otro “yo” inventado.
Ahora juego con ventaja, pues se todas sus verdades. Sé quien se esconde y quien no. Quien juega limpio y quien no.
Y ellos no saben nada de mi. Por eso pienso que ahora, la que miente, soy yo.

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