1. verdades y mentiras

    Escribió eigual el día 31 Julio 2009

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    Cierto día en el trabajo, todos comenzaron a decir verdades. Los sentimientos empezaron a brotar del pecho de todos los que tantos días se mantuvieron callados. Y aquellos que mintieron tantas veces, comenzaron a decir todas las verdades posibles. Las atracciones entre unos y otros fueron dichas de frente, a la  cara. Hubo desencantos. El desamor brillaba. Y el amor también, pero en ausencia. Los más interesados se fueron directamente al despacho del jefe, para escuchar las verdades que éste qué decirle. Muchos salieron despedidos y a otros les subió el sueldo. Había risas y lágrimas. Nadie dejaba de hablar ni un segundo. Se buscaban los unos a los otros, con las manos, además de con la palabra y la mirada. Se palpaban, se rozaban, y también hubo tortazos. Y algunas palabras dolieron más que algunos golpes.

    Todos empezaron en ese momento, a conocerse de verdad. Los que caían bien empezaron a caer mal. Y aquellos que siempre caían mal, comenzaron a caer bien, ya que pocas mentiras habían contando y por eso no tenían apenas verdades. Pero sí se sinceraban más de la cuenta. Sí contaban cómo se sentían, cuánto de solos e incomprendidos. Y eso, ablandó el corazón de muchos, y enfureció el de otros.
    Era como una guerra. Una guerra de varios bandos. Comencé a asustarme un poco, cuando les vi escupir tantas palabras seguidas. Eran palabras cruzadas, que si te rozaban te llegaban a quemar. Gritaban unos más que otros. Y los que callaban lo hacían para tomar más impulso en la voz y en las palabras.

    Sentí un miedo terrible. Sentí por primera vez miedo a la verdad. En ese momento dejé de escribir esta historia, y todo se detuvo. Volvieron todos a su sitio y ahora no se acuerdan de nada de lo vivido. Desde entonces, les conozco mejor. Y he aprendido que es mejor una mentira aunque haga daño, que mil verdades.
    En realidad, lo que tengo mucho más claro tras toda esta historia, es que todos aparentamos algo que no somos, todos nos escondemos tras otro “yo” inventado.
    Ahora juego con ventaja, pues se todas sus verdades. Sé quien se esconde y quien no. Quien juega limpio y quien no.
    Y ellos no saben nada de mi. Por eso pienso que ahora, la que miente, soy yo.


  2. Mi madre

    Escribió eigual el día 30 Julio 2009

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    Sí, mi Madre. En mayúsculas. Mi MADRE. Gracias a ella yo escribo. O mejor dicho, gracias a ella, nunca he dejado de escribir. Mi Madre me leía pedazos de escritos que tenía en su diario, cuando yo apenas era una niña grande. Lloraba mientras mi Madre me leía aquellos retazos de su vida. Escondía el diario en su mesita de noche, y fueron muchas veces las que quise cogerlo para leer a escondidas. Había demasiada tristeza y amor en aquellas palabras que mi Madre escribía. Y yo quería saberlo todo. Supe, aquellos días que yo quería escribir. Y eso lo aprendí de ella, como todos los artes que poseo: escribir, pintar, moldear, y ahora “limpiar” (si mamá, lo confieso, ahora soy maniática de la limpieza y el orden, siento mucho no haberlo sido antes).
    Gracias a mi madre escribo. Porque hace años, cuando yo aún vivía en casa, de mi madre y dormía en el ático. Ese ático donde hacía tanto calor en verano, y tanto frío en invierno. Yo me pasaba las horas allí arriba, escribiendo. Pulsado tecla tras tecla. Mi Madre me escuchaba teclear, y reconozco que en más de una ocasión debería haber venido a quitarme el teclado y tirarlo por la ventana. Porque me pasaba los días encerrada, y a veces incluso, ni para comer bajaba. Pero de alguna manera no lo hizo. Me dejó escribir hasta hartarme. Y mira mamá, qué cosas, no me he hartado.
    Nunca pensé que me pudiese encontrar algún día. Tenía miedo de que confundiese algunas cosas de las que escribo, y que algunas historias inventadas le pudiesen parecer verdad. Y le causasen daño o confusión.
    A mi me pasa con el blog, como a mi Madre le pasaba con su diario, que lo escondía en su mesita de noche, tal vez, para ocultar sus sentimientos, porque eran demasiado hermosos para ser leídos por unos ojos que no entendían nada. Pero ahora estamos todos preparados.

    Ahora han pasado los años. Estamos en un punto, donde ya no se puede ocultar nada. Y no creáis que no me alegro. Me gusta que todo sea así.
    Ya puestos, os presento a mi madre, que si se anima a comentar la iréis conociendo poco a poco. Ella es una artista: pinta y escribe. Mi Madre me entregó su arte, y mi Padre su mala leche de por las mañanas. Gracias a los dos, porque sin ellos, realmente nada de esto sería posible.
    No sería posible esta lucha mía por la escritura.
    Ni sería posible sentir la alegría que siento, de poder hoy escribirte mamá.
    Bienvenida por siempre.


  3. tu silencio

    Escribió eigual el día 30 Julio 2009

    Ella me enseñó que en el amor no era necesario hablar.
    Me enseñó, los días que pasamos juntas, a formar frases con el lenguaje de signos.
    Un día logré decirle “te quiero solamente a ti“, con mis manos torpes.
    Tras varios gestos que no entendí, cogió mi mano y la llevo hasta su pecho.
    Pensó que en mi vida necesitaba más ruido.
    Yo solamente quería, el silencio de sus labios.


  4. Los 25 años

    Escribió eigual el día 29 Julio 2009

    Faltan exactamente 4 días para mi cumpleaños. Hoy, mientras trabajaba me he puesto a pensar en si cuando llegue a la edad de 40 años seguiré vistiendo igual que ahora, con las mismas camisetas.
    Existe una edad tremenda y perfecta. Sé que mucha gente pasa de estos tópicos. Pero éste, sin embargo, lo he inventado yo. La edad perfecta son los 25 años. Cuando tienes 25 años estás en el centro de todo. Puedes con absolutamente todo. Te ves joven y fuerte. Todo te queda bien cuando tienes 25 años, incluso las canas, de tenerlas. Cuando tienes 25 años empieza en realidad la vida. Pues a esa edad, es posible que ya no vivas con tus padres, que tengas trabajo con el que poder vivir y por qué no, darte algún que otro capricho. Con los 25 años estás qué te comes el mundo. Estás salido, tus hormonas revolotean dentro de tu cuerpo y te piden marcha y más marcha. Te fijas en las faldas y los pantalones apretados, y no sientes ningún vértigo: tú puedes besar esas piernas, o apretar ese culo. Tú puedes, porque tienes 25 años, todo te queda bien: la ropa, el peinado, el calzado. Te miras en todos los espejos. Quieres comerte el mundo, porque piensas que el mundo se acaba. Pero no se acaba: el mundo no ha hecho más que empezar.

    Con los 25 años llegan también, los primeros fracasos: universitarios, laborales o del corazón. A los 25 años puedes haber decidido no estudiar ninguna carrera. Puedes no saber qué trabajo es el que más te gusta. O te pueden haber convertido el corazón en cenizas. Pero aprenderás de todo eso. Porque los 25 años son puro aprendizaje. Estás ensayando para cuando te acerques vertiginosamente a los 30. Para cuando los verdaderos problemas te acechen.
    Cuando alguien me dice que tiene 25 años, suspiro. No por envidia, ni mucho menos. Si no porque hay personas que tienen 25 años y no saben aprovecharlos. Piensan que se les ha pasado la vida, o lo mejor, (si los de 40 les escucharan, se liaba una buena…). Dicen que tienen 25, que quieren volver a los 20. ¡Bendito sea el señor!. Yo no quiero volver a los 20. A los 20 era una cría que me enamoraba hasta de las piedras que me sonreían. A los 20 pensaba que solo podía trabajar como camarera porque era el único oficio que había mamado de la teta de mi madre. A los 20 actuaba por impulsos. Y mis hormonas estaban metidas en una olla express apunto de explotar. A los 20 estás empezando a conocer el mundo. No puedes querer tener 20 años después de haberlos vivido. Hay gente que dice que quiere tenerlos para no cometer los mismos errores. Y ahí está el gran error.
    Los errores tienen que ser cometidos, ese es el aprendizaje que te da la vida. Y a los 20 años tienes que equivocarte, tienes que hacer mal las cosas, para aprender a hacerlas bien.

    Estarás pensando en lo joven qué soy ¿verdad?. Qué voy a cumplir 25, o tal vez 26. Pues te equivocas. Cumplo 28. Hace tiempo que rebasé los 25, y por eso se de lo que hablo. Me voy acercando a los 30. Y no creo en la crisis de los treinta (aunque ya os contaré cuando llegue).
    Ahora solo me preocupa, si a los 40 seguiré vistiendo con las mismas camisetas frikis. Y es que, conforme vas cumpliendo años, el efecto Peter Pan te aprieta un poquito más en el pecho.
    Qué no significa no querer crecer, si no, no querer hacerte viejo.


  5. el pequeño Roberto

    Escribió eigual el día 28 Julio 2009

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    Mi madre me abandonó en mi segundo cumpleaños. O eso me cuentan. Se empeñan en que yo no debo de recordar a mi madre. Pero yo me acuerdo de muchos momentos. Recuerdo que me gustaba tocar su pelo con mis manos de niño. Mi madre era rubia y muy guapa.
    He vivido toda la vida con mi padre. Pero siempre me he cuidado yo solo. Por las noches entornaba la puerta de mi habitación y miraba por la pequeña abertura. Cada noche entraban mujeres, siempre diferentes, a casa. Hacían mucho ruido. A veces mi padre rompía vasos de cristal o botellas de cerveza vacías. Ellas siempre le pedían dinero. Y cuando los gritos de mi padre retumbaban el edificio entero, las mujeres salían de casa corriendo y dejando la puerta abierta. A partir de ese momento no podía acercarme a mi padre, porque en más de una ocasión lo hice y recibí algún golpe que otro, o un grito aún más ensordecedor que los anteriores. Por eso, me encerraba en mi habitación y abría las ventanas.

    Desde mi ventana se veía la luna. Siempre me interesé mucho por la luna y las estrellas. De mayor quería ir al espacio. Quizás porque en esos momentos era el sitio más lejano posible para escapar de los gritos de mi padre. Y quizá no echase a mi madre tan de menos como la echaba.
    Era pequeño pero tenía las cosas muy claras. De mayor no me parecería al hombre que estando a mi lado toda la vida había logrado que me sintiera tan solo. Nunca sería como él.
    Y buscaría a mi madre. La buscaría por donde hiciese falta. Le perdonaría mi abandono. A mi madre se lo perdonaría todo. La encontraría y volvería a perder mis manos por su pelo. Le daría todos los besos que mantuve callados. Le pediría que me contase todas las historias que jamás me contó, y que me arropase por las noches.
    Pero sobre todo le diría que jamás la olvidé. Y que entiendo que huyese. Yo también habría huido de papá. Todas las mujeres huían de él.
    Luego te cuidaría. Te llamaría mamá por todas las veces que no pude hacerlo. A mi madre se lo perdonaría todo.

    Pero las cosas, a veces, no suceden como uno se las imagina. Encontré a mi madre. Pero la encontré enterrada en el cementerio. Tras cuatro años de búsqueda. No pude contarle nada. Ahora es ella la que me tiene que perdonar por no haber llegado a tiempo.
    Me entregaron una caja de madera. Me dijeron que eran sus únicas pertenencias. Había una foto. Pude ver el rostro de mi madre y reconocerlo. Mi madre era rubia, tal cual yo la recordaba,y el niño que tenía cogido en brazos era yo. En el reverso de la foto, una fecha con mi nombre al lado.
    Me llamo Roberto.
    Mi padre jamás me llamó por mi nombre.


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