La ultima vez que vi a Lucia, me decía adiós con su pequeña mano a través de la ventana del coche que se la llevaba de mi lado. Fue un adiós sin fecha de caducidad. Su mano temblaba dentro de la mía, justo antes de separarnos, y de que se adentrase en el coche. Me preguntó qué cuánto tiempo tardaría en ir a recogerla de casa de los tíos. Le dije que dos meses, y dentro de tres se cumplirán 30 años sin verla, sin vernos.
Su madre había fallecido, y yo no podía hacerme cargo de una niña de 10 años. No sabía hacerle la comida, no sabía tenerle la ropa limpia ni ayudarla con los deberes. No podía hacerle las veces de madre, y es que, tampoco de padre. No podía cuidarla porque no me veía capaz de cuidarme a mi mismo. Por eso se la llevaron mis cuñados. Y se puede decir, que salvaron su futuro.
A ellos también les prometí que se trataba de un par de meses. Lo justo para pedir el finiquito en el trabajo actual y buscar otro trabajo que me dejase más tiempo libre para ocuparme de mi hija. Para intentar darle los cuidados que ella necesitaba. Y aprender si era necesario las tareas del hogar.
Pero desgraciadamente, un día, entré a ahogar mis penas en un bar. Y en aquel bar le lloré todo lo que no había llorado, a mi fallecida esposa. Fue allí donde eché mi vida por alto: me dí a la bebida. Y perdía a mi hija. Mis cuñados me llamaban por teléfono y yo les daba largas, me inventaba excusas, de todo tipo. Mientras, me gastaba todo mi sueldo semanal en el bar. Jamás probé las drogas. Pero vaya, que tampoco hizo falta, el alcohol era peor si cabía, porque el alcohol nunca se me terminaba, y era fácil encontrarlo. El alcohol me diluía las tristezas, y me dejaba sin una peseta, y hasta, sin aliento. Pero era mi refugio. Era quien me abrazaba y me comprendía.
Lo que ocurre es, que mientras bebes olvidas. Mientras bebes te rodeas de gente que hace lo mismo que tú, y tu tristeza en ese momento, es la tristeza de todos. Todo cabía en un vaso de ginebra, incluso la ausencia de mi hija Lucía.
Mis cuñados se quedaron a mi hija todo el tiempo que hizo falta. A mi me dieron por perdido. Mi hija creció sin mi, y poco a poco me fue olvidando. Pero yo nunca olvidaba su mano diciéndome adiós.
Me pasaba la vida bebiendo e intentando no marcar el número de teléfono maldito, para hacer regresar a mi hija. Para traerla a mi lado. Ella no se merecía una vida mísera, no se merecía mis borracheras ni mis tristezas.
La bebida me llevó a la quiebra. Primero perdí el trabajo, más tarde los pocos ahorros que tenía, y al final, mi casa, la casa de mi mujer y de mi hija. El único recuerdo que tenía de ellas.
Ahora soy un viejo. Llevo la barba larga y blanca, y pido en la puerta de un famoso banco, para poder comprar tabaco y un cartón de vino peleón para calentar el cuerpo.
Y en todas las manos pequeñas que se me acercan a dejarme unas monedas, veo las manos de Lucía.
Y me preguntó una y otra vez, si mi error fue un acierto.
Y si mi hija recuerda todas las promesas incumplidas que le hice.
Me pregunto si ella miraría a un viejo vagabundo como yo.
Si me querrá lo mismo que yo la sigo queriendo a ella.
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