1. no basta solo con escribir

    Escribió eigual el día 31 Mayo 2009

    Confieso que cuando Daniel Díaz ganó el concurso 20 blogs de 20 minutos sentí que el estómago se me encogía a base de envidia, pero de la sana, claro. Porque Daniel lograba uno de mis sueños: que te proporcionen un espacio en un periódico leído por mucha gente para escribir un blog, y que para rematar este sueño, que te paguen cada mes por ello.
    Como digo, este es uno de mis sueños. No por el hecho de escribir un blog y que me paguen por eso, sino por las puertas que te abre un hecho de esas características. Porque creo que cuando te empieza a leer mucha gente, y por consiguiente, a conocer, es posible que tengas más posibilidades y más suerte a la hora, por ejemplo, de escribir un libro, de su edición, promoción y venta. Digamos que puedes contar con un gran apoyo, con el que cientos de personas no podemos más que soñar, aunque escribamos bien. Aunque nos lea mucha gente. Nunca nada deja de ser lo mismo hasta que por ejemplo ganas un concurso y te haces “famoso”.

    Igualmente me alegro mucho de no ser yo quien ganase ese año el concurso 20 blogs. Porque ese año me pasaron otras cosas bastante emocionantes e importantes que me cambiaron la vida, y por la cuales hoy estoy donde estoy, trabajo donde trabajo y me dedico a lo que me dedico. Yo no gané, ni ganaré nunca un concurso, ni saltaré a la fama como lo ha hecho Daniel Díaz, o en su día el conocido eZcritor. No lo haré porque a mi la fama, me da mucho miedo. Porque no creo estar preparada para que me lea tanta gente.

    Pero yo, en realidad de lo que quería  hablar es del libro de Daniel Díaz. Su primer libro. Me lo acabo de comprar, podéis adquirirlo pinchando aquí por 12 euros (gastos de envío incluidos, que se agradece por cierto). No miento cuando digo que comencé a leer el blog de Daniel Díaz, cuando fui consciente de que yo no merecía ganar ese concurso y que de hecho tampoco necesitaba ganarlo para lograr mis sueños. Así que cierto día comencé a leer a Daniel, y cual fue mi sorpresa cuando descubrí que el premio no se lo habían regalado ni mucho menos, que su forma de escribir estaba por encima de todo lo que yo había leído hasta entonces. Me di cuenta de que Daniel jugaba con las palabras y con ese juego de palabras nos llegaba donde otros y otras no lo conseguirían ni con el diccionario en la mano. Daniel te llega con sus relatos vividos dentro de su taxi. Con sus historias: historias de a pie, que son a las que menos caso le hacemos a veces, siendo estas las más interesantes e importantes.

    Desde que le di la oportunidad a Daniel no he dejado de leerlo ni una sola mañana. Ahora ha sacado su primer libro, y como digo, me lo acabo de comprar. Creo que va a vender muchos ejemplares, por eso yo pediría que vayan preparado la próxima edición. Es más, es posible que pronto quiera adquirir otro ejemplar y estén totalmente agotados. No me extrañaría.
    Porque para escribir no solo basta con escribir, hay que sentir lo que se escribe. Y en esto Daniel, es todo un especialista.

    No me digáis que la última frase que he escrito es perfecta, ya estáis tardando en abrir el blog de Daniel y leer. Solo así podréis decirme que he acertado con la frase y con todo lo que he escrito.


  2. Ganadores de los imanes

    Escribió eigual el día 31 Mayo 2009

    Ya hay dos ganadores de los imanes. A continuación pongo el resultado del sorteo. Evidentemente se llevan los imanes, las dos primeras personas de la lista. Como a casi todo el mundo le gustaba el huevo, pues la primera persona de la lista se lleva el huevo, y la segunda el monstruo de las galletas.

    Estos son los resultados del sorteo, como siempre, efectuado con la página random.org

    Y ha quedado así:

    1. Char
    2. Angelika
    3. Leithient
    4. diegoandres
    5. Winter
    6. Maite
    7. Josemy
    8. Seth Fortuyn
    9. Montserrat
    10. eyes
    11. Ensilencio
    12. Nad

    Por lo que, los ganadores son:

    Char el huevo frito, y Angelika el monstruo de las galletas

    ¡FELICIDADES!

    Y a los demás deciros, que sigáis participando, ¡habrá más sorteos!.


  3. Cómo nos perdimos

    Escribió eigual el día 31 Mayo 2009

    Escuchabas aquella música que no me gustaba nada. Decías: un día, estos chicos, triunfarán, recuerda lo que te digo. Y sonreías. Cuando lograba quitarte los enormes cascos de la cabeza, te llevaba a la playa. Te quedabas en tirantes y me señalabas partes de tu cuerpo donde te gustaría hacerte tatuajes. Escribías en una vieja libreta, el que decías que era tu diario “no personal” porque me lo releías en voz baja. Escribías algunas canciones en él. Canciones a las que a veces les ponías música con tu guitarra azul. No aspirabas a ser nada en el mundo, sin embargo tenías todos los talentos que cualquier persona desearía tener. Yo te leía algunas poesías, apoyabas tus codos en la arena de la playa y encerrabas tu cara dentro de las palmas de tus manos. Y me escuchabas. Me preguntabas que en quién me inspiraba para escribir todas esas cosas. Yo te respondía que en lo mismo que tú. Y reíamos hasta que se escondía el sol. No existió ni un solo día sin vernos. Éramos algo más que hermanas. Algo más que buenas amigas. Algo más que una pareja.

    Cuando llorabas te abrazaba hasta que me empapabas lo suficiente los hombros de la camiseta. Te limpiabas los mocos en mis mangas, y yo te decía que eras especialista en estampados verdes. Decías que siempre te sacaba la sonrisa. Y sin dejar de mirarte te decía que no existía algo mejor que hacer en todo el día.
    Me enseñaste a jugar al billar. Como se cogía el taco. La posición que tenía que adoptar. Me enseñaste algunas técnicas. En la sala de billares siempre se te acercaba algún chico de ojos azules con el que, de verdad, yo habría escapado  hasta la luna. Sin embargo ni siquiera le dabas tu nombre, me cogías de la mano y salíamos del local.
    Comprábamos cocacolas y patatas fritas y nos íbamos a la playa hasta que hacía demasiado frío y nuestros brazos no nos calentaban la una a la otra, lo suficiente.
    Aún recuerdo la noche en que te metiste desnuda en el mar. Y dabas gritos de frío y alegría. Y yo desde la orilla te pedía que volvieras conmigo. Cuando saliste tu piel estaba muy tersa y suave. Me quité mi vieja chaqueta azul y te envolví en ella. Te dije que no lo volvieses a hacer, que estaba todo demasiado oscuro, que tengo miedo cuando te pierdes entre tanta oscuridad. Me pediste perdón, y cuando te secaste nos fuimos a casa.

    En tu puerta nos prometimos que jamás nos perderíamos la una a la otra. Qué siempre nos sujetaríamos la mano, y tendríamos ganas de abrazos. Creo que fue lo único que he prometido en la vida y no he cumplido.
    Cesaron nuestras citas, dejamos de buscarnos. Habías conocido a un chico que te empezó a meter en un agujero demasiado oscuro. Te encontré un día en una calle y te reconocí por tu mirada pérdida, porque era la mirada que ponías cuando tenías miedo a algo o te encontrabas en un callejón sin salida. Me acerqué a ti y te agarré por el hombro. Tus ojeras eran tan pronunciadas que casi no se apreciaban las pecas de tu cara. No te pregunté qué habías hecho, donde te habías metido. Me pediste dinero, y por primera vez en mi vida no supe decirte que si. Me alejé de ti porque tu ya no eras tú. Porque si te quería debía dejarte elegir tu destino. Porque sabía que no podía hacer nada por ti.
    Ahora tu mundo era el de las drogas. Habías echado por alto todos tus talentos. Ya no escribías en tu diario. Ni tocabas la guitarra. Ni jugabas al billar.
    Algunas veces te veía vestida de negro,  con el pelo enmarañado y sucio. Al lado de aquel hombre oscuro, ahora tan oscuro como tú.

    Seguí yendo a la playa. Pero no escribía los mismos poemas que cuando estabas tú. Había perdido mi inspiración. Porque siempre habías sido tú.
    Tenía dos opciones: meterme contigo en el túnel negro o salvarme yo para mantenerte a mi lado recordando aquellos días que pasamos juntas. Todos tus talentos. Eras única y una parte de ti se que quizá todavía lo sabe. Se que entre raya y raya, me recuerdas a veces. Nunca más me pediste dinero. Las veces que nos cruzamos en la calle tu me mirabas desde tu oscuridad y yo desde nuestro mar salado lleno de letras y música.

    Pasaron algunos años. Y un día, estaba escuchando la radio, cuando comenzó a sonar tu grupo preferido, aquel que no me gustaba nada. Ahora eran número uno en ventas. Y todo el mundo lo conocía y cantaban sus canciones. Hasta yo las tarareaba. Tenías un don seguido de veinte más. No se si aún lo sabes.
    No se donde estarás ahora. Pero si se donde quiero que estés: lejos de la oscuridad con tus enormes cascos en las orejas, en nuestra playa infinita.


  4. cuando nos perdemos

    Escribió eigual el día 30 Mayo 2009

    Ya no hablamos.

    No nos decimos barbaridades

    ni las cometemos.

    Hemos dejado pasar el tiempo

    sin querer y queriendo.


    Ya no sabemos ni bebemos

    de nuestros labios.

    Ni si usamos el mismo perfume

    o llevamos el pelo más corto,

    o mas largo.


    Lo que una vez vivimos se va borrando

    del calendario y de nuestra memoria.

    Y no quedan cenizas, ni ganas quizás

    de vernos.


    Pero tengo algo urgente que escribirte.

    Algo que jamás te he dicho:

    Existe una parte de tu rostro

    que nunca he besado.


  5. la ciudad del mar

    Escribió eigual el día 30 Mayo 2009

    Se escuchaba el ruido de las sillas de metal al chocar. Las 8 de la mañana en su reloj. Las terrazas también madrugan. Desayuna churros con chocolate en una terraza y se acuerda de ella. En esa plaza quedaba con ella los fines de semana, cuando los kilómetros pesaban pero daba igual. Y él llegaba tirando de la maleta con nuevas caricias y besos. Está entado en esa terraza donde tantas mañanas desayunaron churros con chocolate y no querían soltarse las manos ni dejar de mirarse ni un solo instante por si alguien le robaba alguna mirada o algún momento. Toda la vida de él era ella y aquella ciudad que no era suya.
    Su amor rompía distancias. No le importaban las horas de tren, ni el madrugar un sábado por la mañana. La recompensa era mayor.

    Pero un día le robaron el tesoro. Y dejó de madrugar los sábados. Dejó de coger trenes. Dejó de romper distancias. Me contó que ella le dejó. Qué no sabía que había hecho mal. O si por el contrarío no había hecho nada. Se sentía un ser desgraciado.
    Pasó el tiempo. Volvió a madrugar un sábado, a coger un tren, y asesino a la distancia. Nadie le esperaría en la ciudad desconocida, nadie desayunaría con él esos churros con chocolate. Se dio cuenta de que la camarera tenía unos ojos azules inmensos, preciosos. No había reparado en ellos. Claro, porque sus ojos eran siempre para ella. Sintió como el sol le coloreaba la piel y se fue hasta la playa. Era curioso, nunca se había acercado al mar de la ciudad desconocida. Porque el único mar era el de los ojos de ella, y la única orilla la de su cama.
    Descubrió que aquella ciudad desconocida no había dejado de quererlo. Descubrió una ciudad llena de luz y de agua. Era como un abrazo entre la soledad que le producía aquella tristeza. Aquella ciudad le empezó a quitar el tapón a la bañera llena de tristezas de su cabeza.

    Pidió una paella para dos en un restaurante de la costa. Había curado la herida y se había enamorado de una ciudad que le besaba los pies con sus besos salados.

    Que el amor dura lo que tiene que durar y que existen otras clases de amor.
    Eso aprendió mi amigo aquel día.


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