Esta tarde he pasado por delante del bar de Mateo, del que una vez os hablé.
Siempre que paso por la puerta, le saludo con un gesto de mano y sigo mi camino. A veces, incluso, Mateo está en la puerta tomando el aire, o hablando con algún cliente mientras barre la acera. Y podemos compartir unas palabras.
Hoy ha sido diferente. Mateo me estaba esperando a mi, con los brazos cruzados en la acera. Nada mas verme me sonríe, y me dice que tiene que hablar conmigo. Lo cierto es, que justamente hoy tengo algo de prisa, pero la sonrisa de Mateo y ese “tengo que hablar contigo” me intriga demasiado.
Entramos en el bar. Tan solo hay un hombre bebiendo una cerveza apoyado sobre la barra. Mateo me dice que le espere en una de las mesas, mientras me abre una botella de cocacola y la coloca junto a un vaso con hielo sobre la mesa. Le sonrío mientras me vuelca la cocacola en el vaso, y escucho el ruido que hacen las burbujas.
- Qué ganas tenía de poder hablar contigo. Ha ocurrido algo. Verás, se trata de una clienta que viene casi cada mañana a tomarse el café con la tostada. Creo que me he vuelto a enamorar, y tengo mucho miedo, pues apenas hace tres años y medio que murió mi esposa, y desde ese día no me había fijado en ninguna mujer… ya sabes -Mateo me mira como buscando aprobación en mi mirada-. He empezado a sentir escalofríos al verla. A derramar el café , y a temblar cuando le sirvo la tostada. Pero la cosa va más allá: le estoy escribiendo poemas. Seguro que tú la conoces porque vive en tu bloque. Es morena, media melena, de mi estatura, ancha de caderas…. se llama Julia. ¿La conoces?.
- Sí, claro que la conozco, vive en el 2º 1ª, en el mismo bloque que yo. Tiene un perro pequeño ¿verdad?, y a veces, incluso la he visto alguna mañana, tomando café en tu Bar, sentada en está mesa -le digo, dando un golpecito en la mesa con los nudillos-.
A Mateo se le iluminan los ojos de felicidad. Le empiezan a temblar las manos. Y a sudar la frente. El cliente que hay en la barra se ha terminado de beber la cerveza y le pide la cuenta. Mateo está tan revolucionado que le dice: Invita la casa caballero. Y el hombre sale del bar sin entender nada, y con una amplia sonrisa, y se despide con un “hasta mañana”.
- Pues verás, te quiero pedir un favor -me dice , mientras deja en la mesa un sobre blanco con un nombre en el centro “Julia”-. Quiero que lo metas en su buzón, quiero que se encuentre esa carta por sorpresa y lea todos los poemas que le he escrito todo este tiempo. Quiero intrigarla y ver como lee, quizá, los poemas que le he escrito mientras se toma el café con tostadas. Y cuando lo vea oportuno, decirle que quien le escribe todos esos poemas soy yo.
- Entonces…quieres que meta la carta en el buzón ….
Mateo me interrumpe.
- Sí, solo te pido eso. Hazlo por mi. Por este viejo enamorado - me guiña un ojo y me acerca el vaso de cocacola para que beba-.
Termino la cocacola y salgo del bar. Mateo me despide con una sonrisa de enamorado. Yo me alejo con el sobre de Julia en la mano, un poco desconcertada. Y me siento el ser más miserable de la tierra. No he sido capaz de romperle las ilusiones a Mateo. No me he atrevido a decirle la verdad: que Julia está casada, que su marido es el hombre más amable y apuesto de la comunidad de vecinos.
No le he dicho a Mateo que no puedo echar la carta con los poemas en el buzón de Julia.
Que no puedo dejar esos poemas en el buzón de Julia. No puedo generar dudas, con esos poemas, en un matrimonio. No puedo romperle el corazón a ese hombre tan amable, tan apuesto: que pueda llegar a pensar que su mujer tiene un amante, y ese hombre deje de ser lo que és. Y Julia no entienda nada, y no pueda demostrarle a su marido que no tiene amantes. No podría subir nunca más, en el ascensor con ese matrimonio. No podría mirarles a la cara. Y tampoco podría mirar a Mateo, cuando el me pregunte que por que Julia ha dejado de ir a tomar café a su cafetería. Porque Julia tarde o temprano cambiaría su rutina, y todo por los preciosos poemas que le ha escrito un enamorado, y que yo, sin pensar he depositado en su buzón.
Tras quedarme cinco minutos frente a los buzones, mientras me imaginaba toda la historia, al final, lo he hecho. He tachado el nombre de Julia, y he escrito con letra bastante grande Mercedes. He metido los poemas en el buzón de Mercedes, la solterona del 5º 2ª.
Espero que Mateo me perdone.
Me gusta
















