1. ¿Qué tengo qué?

    Escribió eigual el día 28 Febrero 2009

    Tenía miedo. Ir al ginecólogo por un dolor bastante fuerte en el lado izquierdo del abdomen, no augura mucha felicidad. Pero mira, qué se le va a hacer, alguna vez tendría que ir. Ahora la gente no quedará boquiabierta, cuando me pregunten si he ido alguna vez al ginecólogo y les diga: ¿yo? yo nunca he ido al ginecólogo. Ahora si he ido. Y menos mal que he ido.

    Lo cierto es que tuve más miedo aún al pisar esa consulta, y ver aquello tan alto. Sí, me refiero a esa camilla inclinada, con aquellas cosas negras que se suponen te tienen que sujetar las piernas abiertas. Me asusté. Mucho además. Y me asusté mucho más, cuando me dijo que me tenía que quitar la ropa de cintura para abajo. Y tras decirme eso, le pregunto (menuda pregunta, lo sé): ¿las bragas también?. Evidentemente me dijo que si. A mi me temblaba todo, dejé tiradas las bragas en el suelo y el pantalón en un taburete (los nervios). Y me subí allí, como pude, y tras hacerme varias preguntas acerca de mi sexualidad, la regla, en fin, todas esas cosas que te suelen preguntar…. pues me hizo mucho daño. No voy a decir donde, pero solo hay dos sitios posibles.

    Y ahí fue cuando me dio la mala noticia: Tienes un quiste en el ovario izquierdo -me dijo, la doctora, mirando fijamente la pantalla donde se supone estaba viendo aquel maldito quiste-. Y yo le respondí: qué tengo qué - lo más asustada que pude-.Todo por culpa de los nervios. Quería preguntarle mil cosas, pero enmudecí. Y toda mi vida me paso por delante: las personas que me hicieron daño, las que me causaron felicidad, mi familia, las risas  con mis hermanos, los besos de ella, aquel viaje, el último concierto de Ismael Serrano, mi comida favorita, el libro que todavía no he terminado y mis ganas de seguir escribiendo, un viaje a Madrid que aún no he hecho, un viaje a Formentera que tampoco he hecho, mi trabajo, la cara de mi jefa cuando se lo contase, los consejos de mi tía cuando me decía que tenía que buscar otro trabajo y dejar la hostelería y la razón que tenía, las pelas con mi madre, los días de lluvia, el libro que aún no he empezado, las llamadas de mi padre que aun no he recibido. En fin, todas estas cosas, pasaron en menos de un minuto por mi cabeza.

    Ella me esperaba en la sala de espera. Nerviosa, incluso creo, más que yo. Llego llorando y la abrazo, sin poder decirle lo que me han dicho que tengo. Maldita sea. ¿Por qué a mi?. Yo nunca he tenido nada más allá de una simple gastroenteritis o un leve resfriado. Pues quizá por eso, porque nunca he tenido nada. Lloro y ella me abraza. Quiero por unos instantes escapar de allí, y llorar fuera mi pena.
    La doctora me llama y mientras escribe algo en el papel, me dice que ya me llamaran para ir a otro sitio, donde me seguirán analizando y me dirán si tengo que operarme o no (que posiblemente sea que si, porque me duele bastante). Y me siento idiota llorando frente a la doctora, que me mira pero no me dice: Tranquila, que no pasa nada, no te preocupes. Y yo necesito que me digan eso. Ya te llamarán y un adiós, fueron sus últimas palabras.
    Quizá no sea tan terrible la noticia. No pasará nada malo. O al menos, eso quiero pensar.
    Pero tengo miedo. Un miedo que no puedo ocultar.
    Y más ganas de vivir que nunca.

    Nota: No pensaba escribir sobre esto aquí. Pero algunos os habéis precupado por ese dolor que explique que tenía, y creo que mereciaís saber lo que era. Gracias por todo quridos léctores.


  2. Quiero escribir algo….

    Escribió eigual el día 27 Febrero 2009

    y lograr que quieras volver mañana a escribir mi dirección en tu navegador,

    y lograr que mientras me lees no escuches a tu pareja decirte que tires la basura,

    y lograr que te rías, y por qué no, que también llores,

    y lograr que necesites seguir leyendo, mi próxima historia, mi próximo poema.

    Y conseguir colarme en tu pecho en forma de letra

    y conseguir que les digas a tus amigos, que ayer me leíste,

    y conseguir ser tu página de inicio

    y conseguir que hagas click en la publicidad (¡ah, no, que esto me tienen prohibido decirlo!),

    y que te leas mi libro (bueno no, porque todavía, no lo he escrito)

    y que hagas tuyos mis versos, y que mis relatos te parezcan mentira

    y que vuelvas mañana.

    Sí, que vuelvas mañana.

    Ya te puedes ir.

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  3. Hoy escribo poco……

    Escribió eigual el día 27 Febrero 2009

    Acabo de regresar del hospital.

    He visto a una anciana sangrar

    por la nariz, llamando a la enfermera,

    sin que nadie oyese nada.

    Una mujer árabe tenía 39 y medio de fiebre,

    y la médico tranquilamente le ha dicho,

    que tendría que pasar ahí la noche.

    Una chica se sujetaba el brazo,

    lleno de agujas, y pedía que por favor

    dejasen entrar a su novio.

    Hoy he visto esa otra vida:

    la que hay en los hospitales.

    Y he querido salir de allí corriendo,

    y volver a tener,

    la buena salud

    que siempre he tenido.


  4. Pena

    Escribió eigual el día 25 Febrero 2009

    Hay gente que muere de frío,

    y  nadie hace nada.

    El Gobierno quiere endurecer las penas,

    pero quien no se ablanda por dentro,

    dudo que pueda endurecer algo.

    Encuentro a gente pidiendo, en las calles.

    Algo no marcha bien.

    Porque sigue habiendo hambre,

    y gente que roba pan.

    Hace frío, y duele el hambre.

    Yo tengo comida y cama.

    Pero la mujer que pide

    en la escalera del metro,

    no tiene nada.

    Se hacen los ciegos.

    Parecen no ver nada.

    Y me entra, aún más pena.


  5. Me amenazaron para escribir

    Escribió eigual el día 25 Febrero 2009

    Sucedió en el instituto. Por aquel entonces, en clase de matemáticas y contabilidad escribía poemas en una libreta, mientras los profesores explicaban los teoremas, yo explicaba en mi libreta, a modo de poemas, mi forma de ver y sentir la vida. Y cierto día el chico más gilipollas de la clase: el típico creído con las zapatillas de marca y que cree saberlo todo, pero no sabe nada, me arrebató la libreta, en una de las clases de matemáticas para ver que escribía en ella. Yo, que guardaba aquella libreta como un tesoro, y aquel gilipollas me desnudó en un instante el alma. Menos mal que no los leyó en voz alta, para toda la clase. Pues desde que comenzó a leer trazó su plan. Me amenazó: me dijo que no me daría esa libreta hasta que no le escribiese un poema por día, para luego él, poder dárselo a la chica de clase, que le gustaba. Vaya, que se quería ligar a la chica a costa de mis palabras, mis versos, en definitiva, mi escritura. Evidentemente le dije que si. Que le escribiría un poema cada día, pero que me tenía que dar mi libreta. Y curiosamente, me la devolvió. Así pues, yo cumplí mi palabra. Le escribí un poema por día, durante ¡un mes!. Y parece que a la chica le gustaban los poemas. Él se los intentaba dar en clase, bien dobladitos, y a ella le encantaba eso de leer una carta de amor a escondidas. Ella sonreía, y el caso es, que me llegó a gustar aquello: el ser la autora de todos esos poemas. Porque cada vez que la chica sonreía, es porque lo que había leído, le había gustado, y me subía el ánimo.
    Pero el chico me vigilaba de cerca. Me amenazaba: Cómo le digas que eres tú quien escribe todos los poemas te pierdes del instituto ¿eh? -me decía con aquella voz de adolescente que quería parecer de adulto-. Y yo asentía con la cabeza. Y calmada y serena, le decía: tranquilo, que no pienso decirle nada.

    El mes terminó. Y el chico quería más poemas. Le dí mil excusas para no seguir escribiendo : le dije que se me habían terminado las ideas, y qué se yo que más le dije.
    Un día, la chica en cuestión se acercó a hablarme. Pues a pesar de estar en la misma clase, casi no hablábamos, nos distaba un mundo. La chica me pidió que le dejase la libreta de matemáticas, para copiar unos problemas que por estar leyendo poemas de amor (lo de los poemas, no me lo dijo, evidentemente), no pudo copiar. Y yo que estaba bastante nerviosa, por el hecho de escribirle poemas, sin que ella lo supiese, metí la mano en la mochila y le dí la libreta equivocada: la libreta de poemas. Y claro, ella no se dio cuenta, la metió en su mochila, y cuando llegó a su casa imaginaros la escena. Algunos poemas eran idénticos, quizá cambiaban algunas palabras, pero perfectamente se podían hacer pasar unos por otros.

    El día siguiente, a mi me devolvió la libreta, y al chico una hostia en toda la cara. Nos llamó gilipollas a los dos, y se quedó tan feliz. El chico no entendía nada.
    Le expliqué lo ocurrido y el muy imbécil en vez de llorar, de pegarme esa paliza que tanto me juró que me daría si me chivaba, el muy (nosecomollamarlo) ¡me pidió de salir a mi!.
    Y quedó a cuadros cuando le dije, que yo con quien quería salir era con la chica.
    Nunca más me volvió a quitar una libreta.


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