Tenía miedo. Ir al ginecólogo por un dolor bastante fuerte en el lado izquierdo del abdomen, no augura mucha felicidad. Pero mira, qué se le va a hacer, alguna vez tendría que ir. Ahora la gente no quedará boquiabierta, cuando me pregunten si he ido alguna vez al ginecólogo y les diga: ¿yo? yo nunca he ido al ginecólogo. Ahora si he ido. Y menos mal que he ido.
Lo cierto es que tuve más miedo aún al pisar esa consulta, y ver aquello tan alto. Sí, me refiero a esa camilla inclinada, con aquellas cosas negras que se suponen te tienen que sujetar las piernas abiertas. Me asusté. Mucho además. Y me asusté mucho más, cuando me dijo que me tenía que quitar la ropa de cintura para abajo. Y tras decirme eso, le pregunto (menuda pregunta, lo sé): ¿las bragas también?. Evidentemente me dijo que si. A mi me temblaba todo, dejé tiradas las bragas en el suelo y el pantalón en un taburete (los nervios). Y me subí allí, como pude, y tras hacerme varias preguntas acerca de mi sexualidad, la regla, en fin, todas esas cosas que te suelen preguntar…. pues me hizo mucho daño. No voy a decir donde, pero solo hay dos sitios posibles.
Y ahí fue cuando me dio la mala noticia: Tienes un quiste en el ovario izquierdo -me dijo, la doctora, mirando fijamente la pantalla donde se supone estaba viendo aquel maldito quiste-. Y yo le respondí: qué tengo qué - lo más asustada que pude-.Todo por culpa de los nervios. Quería preguntarle mil cosas, pero enmudecí. Y toda mi vida me paso por delante: las personas que me hicieron daño, las que me causaron felicidad, mi familia, las risas con mis hermanos, los besos de ella, aquel viaje, el último concierto de Ismael Serrano, mi comida favorita, el libro que todavía no he terminado y mis ganas de seguir escribiendo, un viaje a Madrid que aún no he hecho, un viaje a Formentera que tampoco he hecho, mi trabajo, la cara de mi jefa cuando se lo contase, los consejos de mi tía cuando me decía que tenía que buscar otro trabajo y dejar la hostelería y la razón que tenía, las pelas con mi madre, los días de lluvia, el libro que aún no he empezado, las llamadas de mi padre que aun no he recibido. En fin, todas estas cosas, pasaron en menos de un minuto por mi cabeza.
Ella me esperaba en la sala de espera. Nerviosa, incluso creo, más que yo. Llego llorando y la abrazo, sin poder decirle lo que me han dicho que tengo. Maldita sea. ¿Por qué a mi?. Yo nunca he tenido nada más allá de una simple gastroenteritis o un leve resfriado. Pues quizá por eso, porque nunca he tenido nada. Lloro y ella me abraza. Quiero por unos instantes escapar de allí, y llorar fuera mi pena.
La doctora me llama y mientras escribe algo en el papel, me dice que ya me llamaran para ir a otro sitio, donde me seguirán analizando y me dirán si tengo que operarme o no (que posiblemente sea que si, porque me duele bastante). Y me siento idiota llorando frente a la doctora, que me mira pero no me dice: Tranquila, que no pasa nada, no te preocupes. Y yo necesito que me digan eso. Ya te llamarán y un adiós, fueron sus últimas palabras.
Quizá no sea tan terrible la noticia. No pasará nada malo. O al menos, eso quiero pensar.
Pero tengo miedo. Un miedo que no puedo ocultar.
Y más ganas de vivir que nunca.
Nota: No pensaba escribir sobre esto aquí. Pero algunos os habéis precupado por ese dolor que explique que tenía, y creo que mereciaís saber lo que era. Gracias por todo quridos léctores.
Me gusta













