María tiene ochenta años, y se sienta cada tarde en una terraza en la que siempre da el sol, a tomar una cerveza. Habla con su marido, de cualquier cosa: que hay que comprar el pan, que tiene que pedir hora en la peluquería, que hay que llevar el perro al veterinario, en fin, cosas triviales, del día a día. María aprovecha para hablarle a la gente que se sienta a su lado, de su marido, buscando antes la mirada cómplice de este, y tras hacer un ruido con la lengua, prosigue su charla. Cuenta que su marido no bebe nada, que solo la acompaña para que no este sola. Que últimamente está muy charlatan, y que le da la razón más veces. María, cuando termina cada frase, mira a su marido y sonríe, vuelve a hacer ese ruido con la lengua y prosigue con la charla. Cuenta también que Felipe, le recuerda las cosas, porque ya va teniendo mala memoria para según qué. Y María mira con infinita ternura a Felipe. La chica que regenta el Bar conoce a María desde hace muchos años , sin embargo, en vez de sonreír infinitamente ante la ternura que muestra María por su marido, y viceversa, tiene cara de preocupación, y si me apuras, de tristeza.
Y es que yo también me preocuparía, al ver a María, casi cada tarde tomando el sol y hablando con su marido, que lleva muerto más de 10 años. Me preocuparía al verla hablar con alguien invisible, y que según cuenta a todo el mundo, se llama Felipe. Pues su marido se llamaba Antonio.
Maldita enfermedad que nos llevas poco a poco a la tristeza del olvido, y a la muerte.
Dedicado a una mujer que nunca leerá este relato, pero que comienza a experimentar algo muy parecido a esto, con un familiar. Mucho ánimo, amiga.
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