-Cariño, ya estoy en el aeropuerto, en la cola para embarcar. Cari, que guay, ya mismo nos vemos ¿estás contenta?. Tengo ganas de verte. ¿No me digas? ¡qué guapa es mi niña!. No veas cari, llevo la maleta a tope, ya la verás. Va a explotar. No cabe ni un alfiler. Tengo la boca seca, en el avión me pediré una botella de agua o una cocacola, aunque tenga que pagar tres euros por ella. Tres euros, puff, será el agua más cara que me tomé en toda mi vida. Ah, es verdad, pues sí, hay un pequeño Bar, voy para allá… tengo que dejar la cola, bueno, da igual, aún no han comenzado a embarcar….
- A ver… Hola, quiero una botella de agua. Pequeña, sí. ¿Cuánto es?. Vale, aquí tiene. Gracias. Joer, cari, es el agua más cara que me he tomado en toda mi vida: me ha costado tres con cincuenta. Madre mía, ay… ay… Espera, no cuelgues ¿eh? voy a abrir la botella. Ya está, ya estoy bebiendo, qué sed tenía. Que rica, me sabe bien el agua a precio de oro. Mi niña, se mueve la cola, ya estamos embarcando. Ya queda menos para vernos. Yo cuando llegue me cojo un autobus ¿vale?. Nada más llegar me subo en uno, y voy hasta tú casa. ¿Estará tu madre cuando llegue?. Pues genial, así la veo. Joer, cari, esta noche dormimos juntos ¿estás contenta?. Vamos a vernos dentro de…. espera, que miro el reloj, dentro de una hora y treinta minutos. Que bién. Ay, ay…
- Bueno mi niña, te voy a dejar porque embarco ya. Me subo al avión. Ya no me dan miedo los aviones ni ná. Ya es como ir en bicicleta, como respirar. Venga cuelga. No, tú. No, no, cuelga tú, venga, mi niña. Hasta ahora… cuelga. Yo también. Cuelgo. Te quiero. Yo también. Ay, ay… me vas a matar antes de subir al avión. Venga, hasta ahora mi niña. Cuelgo. Te quiero mucho. Ay… Adiós.
Giro la cabeza, y le miro, tras escuchar su conversación telefónica. No debe tener más de 20 años. Lleva una maleta de color rojo que parece estar apunto de estallar y la mirada llena de ilusión. De su conversación se ha enterado todo el aeropuerto, ya que los granainos tenemos la manía de hablar muy alto. Y el muchacho hablaba bien alto, y bien claro. Dos parejas más lo miran. Y a él parece darle igual. A mi me ha contagiado su felicidad y su ilusión. En otro hombre parece haber causado el mismo efecto, porque le mira de reojo y sonríe. Dos mujeres jóvenes le miran y piensan que ya quisieran ellas tener a alguien lejos con tantas ganas de verlas.
Comenzamos a subir al avión. No pierdo de vista el muchacho, que tira de su maleta roja con inmensa felicidad. Sin él saberlo, mientras hablaba por teléfono ha llenado las ilusiones, los sueños, los corazones, de muchas personas que le acompañaran en ese vuelo de sus sueños, en ese vuelo que le reunirá dentro una hora y algo, con su amor.
Y por un momento hemos sentido esa misma emoción. Y cada una de las personas que hemos escuchado sin querer queriendo esa conversación, hemos vuelto a revivir aquellos encuentros con nuestro amor. Aquellos primeros encuentros donde todo lo demás no importaba, donde lo único que triunfaba era el mismo sentimiento de amor.
Y cuando he subido al avión he visto a ese chico sentado en su asiento y por un momento he tenido ganas de hacer ese viaje de avión en el asiento vacío que había a su lado. Al final, a su lado, se ha terminado sentando un hombre, el mismo hombre que también había escuchado la conversación y que desde un principio parecía querer entablar diálogo con él. Me he sentado en mi asiento y cuando el piloto ha anunciado el aterrizaje en Barcelona, una tormenta, una fuerte tormenta, nos ha pillado en plena maniobra de descenso, el avión se movía bruscamente, de un lado para otro. Muy fuerte y durante esos quince minutos que ha durado el descenso he sentido miedo.
Miedo a que algo terrible sucediese con todos nosotros. He mirado la cara de la gente, y en ellas he encontrado pánico y miedo. He buscado con la mirada la cara del muchacho, y he podido encontrar la misma sonrisa, la misma mirada llena de ilusión y felicidad que tenía antes de embarcar. Entonces me he acomodado aún más en mi asiento, he mirado al frente, y desde ese momento, aunque el avión seguía moviéndose sin parar, he dejado de temblar y de sentir miedo.
Es imposible que este avión no aterrice hoy. Es imposible. Hay cosas que no pueden pasar.
Hay cosas que sencillamente no pueden ocurrir.