Me llamas por teléfono y me dices que no me echas de menos.
Que no echas de menos los besos que no te dí, ni las notas que dejaba colgadas por casa antes de ir al trabajo. Me cuentas que no echas de menos las magdalenas de chocolate que hacía, y que un día quemé, y gracias a ese día descubrimos que las magdalenas tostadas estaban más ricas.
Me dices que no miras el reloj. Que los domingos no esperas mis llamadas. Que no repasas nuestras cartas. Que no buscas mi número en tu agenda.
Me llamas y tu voz se deshace tras el auricular. No aguantas las lágrimas: te pregunto si ese ruido eres tú, y me respondes que ha empezado a llover. El silencio se hace, y tu corazón se encoje a la par que pronuncio tu nombre para preguntarte si sigues ahí. Y contestándome que si, me dices que tienes que colgar. Que esta noche vendrá gente a tu casa, que haces una fiesta. Y es mentira, pero a ti la mentira te duele menos si te la crees. Y yo te despido, sabiendo que no estás bien. Y tú no me dices que me echas de menos, que no quieres colgar, que la casa está vacía. Qué quieres verme.
Y cuando cuelgas el teléfono te echas a llorar, aprietas el teléfono contra tu pecho hasta hacerte daño. Cierras las ventana y bajas la persiana. Te tapas con la manta de cuadros rojos que yo utilizaba para escribir aquel libro de poemas que nunca publiqué. Te quedas dormida, con el teléfono en tu regazo, esperando mi llamada. Mintiéndote otra vez, con esa dosis de mentiras que te tomas cada 8 horas. Pero yo no te llamaré, tampoco lo haré mañana.
Estoy haciendo un bizcocho de chocolate, que por cierto, hoy no quemé.

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