1. Llueve

    Escribió eigual el día 31 Octubre 2008

    Camino por paseo de gracia, a las ocho y media de la mañana.
    Llueve. La gente lleva paraguas, y debajo de el sus sueños,
    tapados, para que no les llueva.
    Me cruzo con cien caras,
    me cuelo en cincuenta de ellas.
    Y puedo ser, lo que dura nuestro cruce,
    otra persona.
    Puedo ser el chico que se tapa las orejas con los cascos grandes,
    y va camino de un trabajo que no le gusta.
    Puedo ser la chica que tiene frío, que va sin paraguas, y se frota las manos
    mientras mira al cielo, pidiendo que pare de llover.
    Puedo ser la mujer maquillada, que sufre en silencio, la soledad,
    y tiene un trabajo de limpiadora con contrato temporal y mal pagado.
    Puedo ser la chica del paraguas grande, o sus dudas de amor,
    bajo ese enorme paraguas.

    Llueve y camino rápido, mientras se mojan mil calcetines.
    Llueve y pienso en ti, que estarás tapada hasta las cejas,
    con el edredón y las sábanas del Ikea.
    Se me ocurre un poema, mientras camino, pero no lo puedo escribir.
    -Luego lo escribo -pienso en voz alta-.
    Pero llego a casa y se me ha olvidado.
    En ese momento me doy cuenta de que la inspiración,
    llega y se va. Como la lluvia, con la diferencia, de que:
    la lluvia lo llena todo de agua. Agua que luego se seca.
    Y la inspiración, ni te moja, ni se seca.
    Desaparece, sin más.
    Por eso hay que aprovecharla cuando llega.
    Ya sea bajo la lluvia,
    en el trabajo,
    o sentada en la taza del váter.


  2. Veinte euros

    Escribió eigual el día 30 Octubre 2008

    Solo recogí un billete de veinte euros del suelo. Te llamé, sin saber tu nombre, y te tendí la mano, con el billete de veinte euros bien doblado en la punta de mis dedos. Me miraste, extrañada, sin entender nada.

    -He visto como se te caía al suelo, creo que ha sido cuando has sacado la tarjeta de metro -le dije-.

    Silencio.

    Me diste las gracias, tras ese largo silencio. Cogiste el billete rozando con tus dedos, la punta de los mios. Me quedé mirando como te alejabas.
    Nos volvimos a encontrar. Esta vez no recogí ningún billete del suelo. Tú me miraste primero. Me dedicaste una sonrisa. Y te devolví dos de las mías. No hablamos, no nos dijimos nada.
    Cada tarde, nos encontrábamos. A veces, incluso, nos buscábamos. Para no decirnos nada, sí. Pero nos buscábamos con la mirada, y si no nos veíamos, bajábamos las escaleras más despacio, o dejábamos escapar el metro. Para no decirnos nada.

    Pero una tarde no te vi. Y te busqué desesperada. Me senté en las escaleras, y quedé mirando a la gente que entraba y salía del metro. Vi sonreír y gritar a los niños, ayudé a una mujer a bajar un carro de la compra. Indiqué el camino a unos turistas. Y no llegabas. Y pensé que ya no te volvería a ver. Miré el reloj treinta veces. Me reproché el no haberte dicho nada en todo este tiempo. Me culpé por no decirte que jamás había visto unos ojos como los tuyos.
    Desistí, y bajé uno a uno los escalones, camino del anden. Justo en ese momento escuché a alguien gritar. Me giré. Eras tú. Las horas esperando habían merecido la pena. Me acerqué a ti, subí los escalones, uno a uno, sin mirar mis pies. Solo tenía ojos para ti.

    Me tendiste la mano, con un billete de veinte euros doblado.
    Te mire, desconcertada. Sin entender….o entendiendo demasiado.

    -Toma, estos 20 euros no son míos. No se me cayeron a mi ¿verdad? - me dijiste-.

    Cogí el billete y lo metí en mi bolsillo. No sabía que decirte.
    Estaba avergonzada. Dudaba… no tenía que haber hecho lo del dinero. Maldije mis malas ideas.
    Ella no dejaba de mirarme. Y hablaba. Tenía una voz preciosa.

    -Me tendrás que invitar a un café -dijiste-

    Te respondí que si, con mi sonrisa de medio lao. Mientras me metía la mano en el bolsillo y acariciaba el billete de veinte euros que me había acercado, un poco más, a ti.


  3. Apropósito…..

    Escribió eigual el día 29 Octubre 2008

    Soy un desastre, amor. Lo siento.

    Nos encontramos (hace más de un año) en un punto de mi vida, en el que yo decidía si quería vivir o morir. En esa temporada, yo había salido de un agujero negro (negro, negro, negro). Me encerraba en mi habitación, con la música muy alta, mientras mi madre hablaba al otro lado de la puerta, y yo no alcanzaba a escucharla. Mi madre..(que recuerdos). Y nos encontramos (tú y yo). Encontrarte supuso algo grande. Yo pensaba que personas como tú no existían. De haberte escrito, te habría escrito tal y como eres. Para enamorarme de ti, mientras te leo una y otra vez. Antes de conocerte, te había imaginado, alguna vez, y había hablado de ti en algunas de mis historias.
    Cuando empezamos a hablar, me di cuenta de que había olvidado que tenía que decidirme entre vivir o morir. Esa noche, supe que no quería morirme, esa noche empecé a tenerle mucho miedo a la muerte. Necesitaba tiempo. Tiempo para verte. Tiempo para acariciar tu mejilla. Tiempo para no cansarme de mirarte. Tiempo para hablarte de mi, y para escucharte a ti. No podía morir. Me devolviste la ilusión, y esa ilusión trajo consigo las ganas de vivir. Porque yo en esa temporada, me dedicaba a enterrar el amor ¿qué coño era el amor?. Eran mentiras, era dolor, era sentirse sola durmiendo cada noche al lado de otro cuerpo, era dar para no recibir nada. Por eso enterraba el amor. Pero tú lo desenterraste todo. Pude ver que el amor no era una mentira. Que el amor existía. Y que tú, la persona sobre la que muchas veces había escrito, existía. No podía dejarla escapar.

    Por eso te dije te quiero cuando lo sentí. Y te dije ven. Y viniste. Luego llegué yo: recién nacida. Recuerdo que mi madre me preguntó que si estaba segura, y yo le respondí: ¿segura de qué? ¿de vivir de nuevo, de creer de nuevo en el amor, de perseguir mis sueños?. Y mi madre se quedó callada, y muy bajito, dijo: es que no quiero que te vayas….no quiero quedarme sola, sin ti.
    Y me fui. Te dije adiós mamá, y lloré cuando dí la vuelta a la esquina. Le dije adiós al frío metal, que era la barra, a las 2 de la mañana. A los borrachos que tantas verdades me dijeron, a mis amigos de más de cuarenta, a los vecinos que siempre estaban atentos a mis idas y venidas. Dije adiós a mi pasado, y miré al frente.

    Y allí estabas tú, la chica más bonita de la ciudad. Me fui contigo, y no te avisé de mis gruñidos de por las mañanas, de mi necesidad de escribir, de la necesidad de crear, de la manía de ir dejando pañuelos de papel usado por casa, de mi adicción al colacao caliente, de mi sueño los lunes por la mañana.
    A tu lado he crecido, y eso no tiene precio. Por eso me duele la idea de hacerle daño, a quien tanto bien me ha hecho, todo este tiempo.
    Gracias a ti, de ser una camarera sin tiempo libre y con varices en las piernas, he pasado a ser una administrativa con tiempo libre, para poder escribir, entre otras cosas.  Y eso me lo enseñaste tú. No sé como explicarlo. Tú conseguiste que me valorase. A nivel profesional, personal y .. también como escritora.
    Por eso, pequeña, no tengo forma humana de agradecerte todo esto.
    Por eso, cuando alguna vez te veo llorar, me rompo por dentro. Y cuando te hago llorar me siento el ser más miserable de la tierra.
    Tú, sin saberlo, me has devuelto la vida.
    Y a veces quiero escribirte algo realmente bonito, pero llego aquí, miro la hoja en blanco, tú habitación, el ruido que haces con tu silla. Y me quedo en blanco, pensando en lo afortunada que soy.
    Y no te escribo nada.

    Y, no pasa nada -me dices sonriente-, que no te escriba.


  4. El paso del tiempo

    Escribió eigual el día 28 Octubre 2008

    He buscado en los cajones,

    las cartas que un día escribiste.

    Cartas escritas con bolígrafo azul,

    letra temblorosa,

    y enlazada.

    He buscado tu recuerdo en esas cartas,

    sin encontrarlo.

    He recordado tu costumbre,

    la de rociar con tu perfume el folio,

    para tapar las lágrimas derramadas.

    He recordado aquellas noches,

    cuando me dormía

    con tus cartas en la mano

    y tu olor se quedaba en mis dedos.

    Con cuidado he metido las cartas en el cajón,

    y he salido de la habitación.

    Tus palabras han asaltado mi memoria,

    decías que a los recuerdos los mata el paso del tiempo,

    y te equivocaste.

    Los recuerdos no mueren,

    a los recuerdos se les rescata un día cualquiera,

    para volver a dejarlos metidos en un cajón.

    Quien muere con el paso del tiempo,

    somos nosotros.

    Y tu voz,

    al otro lado,

    del auricular.



  5. Amores que te destruyen

    Escribió eigual el día 26 Octubre 2008

    No puedo salvar su vida. No puedo ir en busca de su abrazo. No puedo buscar sus ojos, ni secar sus lágrimas, ni puedo cogerme fuerte de su mano. No puedo ayudarle. No puedo cambiarle la vida. No puedo decirle: “tranquilo, estás a salvo, ya nada te hará daño”. Si pudiera, le encontraría de pié, como siempre, escondiéndose dentro de esa seriedad que le caracteriza. ¿Cuántas veces le he visto llorar? ¿dos, tres, cuatro?. Cuando murió su Padre, cuándo murió su hermano, cuando sacó las bolsas de plástico de casa llenas de ropa y aquella maleta vieja, y se fue. La cuarta no la recuerdo bien, está difuminada en mi memoria.

    No te voy a preguntar como has llegado a este punto, porque ya lo se. Te puedo pedir que vuelvas a casa. A tú casa. Vuelve. Deja a esa mujer. El amor no es eso. No es eso. Créeme. Mira a tus hijos: eso es amor. Mira a la mujer que se preocupa por tus manos, por tus pies, por tu estómago, por tu vida. Ella te quiere, nunca dejó de hacerlo. Te sigue queriendo, por dios ¿no lo ves?. Vuelve a casa. Da igual el pasado. Da igual que la gente no entienda, y hable. La gente habla, hablará siempre. Pero la gente no está contigo, cuando cada noche, hundes la cabeza en tu almohada y te sientes sólo. No mereces la vida que tienes ahora. Y yo, te daría un poquito de mi vida, y de mis ganas de vivir, para verte cerrar la puerta, a estos últimos ¿5,6 años?. No quiero que mañana me llamen y me digan que te has muerto. Sé que te puedes salvar. Y solo tú puedes hacerlo. Tú no tienes la culpa de que esa mujer sea una [..], en fin, lo dejaré aquí. Déjala. En casa te siguen esperando. Tu fotografía sigue estando en la mesita de noche. Hay alguien que te piensa, y que hoy ha llorado por ti.

    Sálvate, que nosotros no podemos salvarte. Llevo esperando a que vuelvas tanto tiempo. Me fuí de casa ¿sabes?, porque no podía seguir echando de menos tu tos de por las mañanas, y el olor de tu tabaco. Me quedé con las ganas de verte sentado en el sofá que siempre ocupabas. Me he quedado con las ganas de acercarme a tí, y poner encima de tus rodillas, una historia que escribí, y leerla contigo. Cada vez que me miro al espejo te veo a ti. Tengo tus ojos, es imposible no verte cada vez que me miro. Te quiere. Ella te quiere,el amor es eso, el amor es querer a alguien sabiendo perdonar sus errores. ¿Qué te has equivocado? ¿y qué?. Yo también me equivoqué. Pero aquí estoy. He vuelto a vivir y a ser feliz.

    Hay amores que te hacen crecer y otros que te destruyen. ¿Qué amor quieres para ti?. Yo no quiero seguir viendo como te destruyes. No quiero que me llamen para contarme que tienes las ojeras más grandes, que bebes más que ayer. Házlo por ti, el tiempo pasa. No tienes 40 años. No los tienes. No quiero dentro de unos años, tener que llevarte flores, ni llorar tu ausencia. Quiero, dentro de unos años, decirte que fuiste valiente, que saliste de allí, que salvaste tu vida. Quiero abrazarte, dedicarte el libro que escribí, darte un abrazo, estrechar tu mano, y por fin, escuchar salir de tu boca, ese te quiero, que hace tanto que no escucho. Quiero tú mirada, la mirada que tenías, cuando nació la niña de ojos grandes, o cuando llevaron al pequeño al hospital, y cuando estaba entre la vida y la muerte en aquella urna de cristal, tu sabías que no se iba a morir, porque confiabas en que el cariño y el amor, y tu presencia allí, día tras día, le ayudarían. Y se salvó. Y en esos momentos tu también te sentías a salvo.
    Ahora para nosotros, tú tambíen estás en una urna de cristal, encerrado, y te queremos salvar.
    Pero tú tienes la última palabra.
    O la dejas, o ella terminará por matarte, y ya nunca podrás hacer nada.
    Y nosotros, tampoco.


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