Dejabas caer tu brazo, sobre la cama, dejando abierta la palma de tu mano. Que vacía la tengo - me decías -. Yo golpeaba el teclado, tecla tras tecla, me giraba y te veía allí tumbada. Tan pequeña. Tan frágil. Con el pelo tan rizado, tan alborotado. Era curioso, siempre tenías reservada una sonrisa para mi, aunque fuese una pequeña, pero siempre la tenías. Y yo siempre tenía otra para responderte. Me hablabas del amor como algo que tu nunca encontrarías. Y yo te leía los poemas que escribía. Me preguntabas que en quién pensaba cuando escribía todas esas cosas. Me dejo llevar, no pienso en nadie en concreto -te respondí-. Te mentí. No podía decirte que pensaba en ti, que a cada golpe de tecla pensaba en estar más cerca de tu cara, más de lo que normalmente estaba. Pues menos mal que no piensas en nadie, que cosas más bonitas -me decías, sin quitar ojo de la pantalla-. ¿Te imaginas, te imaginas que alguien me escribiese a mi algo así? -me preguntabas con los ojos muy abiertos-. No sería de extrañar, cualquiera podría escribirte a ti cosas como estas -te respondía, mientras no fijaba mis ojos de los tuyos-. Imposible, a mi nadie me puede escribir esto, porque además, poca gente tiene la sensibilidad para escribir, que tienes tú -me contestó-.
Y tenía razón. Nadie tenía mi sensibilidad, ni nadie estaba tan enamorada como yo lo estaba de ella. Yo, que me quedaba hasta las 4 de la madrugada escribiéndole poemas, que luego ella leía y los hacía suyos. Y me decía, en voz baja y conteniendo un suspiro: que bonito, que bonito, mira, estoy temblando. Y te cogía el brazo, y vaya si temblabas. Aunque yo, lo que quería era temblar contigo y hacerte temblar a base de caricias y palabras al oído. Era consciente de que pronto, alguien te encontraría, o tu encontrarías a alguien, y yo tendría que desprenderme de todos los sentimientos que me llenaban el pecho, y estas ganas de escribir, de escribirte a escondidas, bajo la bombilla de mi habitación. Y ese día llegó. Me dijiste que te habías enamorado, y me alegré, me desgarré por dentro, mis ilusiones se hicieron trocitos, pero me alegré por ti, y por él.
Una mañana viniste a desayunar a la cafetería, y tras pedirme un zumo de naranja natural, me dijiste casi sin separar esos labios que nunca probaría: Él no me escribe poemas, pero… me quiere mucho. Te sonreí y me giré, con la excusa de hacer unos cafés. Mientras te tomaste el zumo no fui capaz de mirarte a los ojos. Los míos estaban rojos, de tanto aguantarme el llanto, y de sentir eso que todos llaman celos. Dejaste sobre la barra de metal dos euros, y vi como te alejabas diciéndome adiós con la mano, entre la gente. Adiós, princesa adiós -te dije, pero no escuchaste-.
Los días que vinieron estaban llenos de soledad. Yo te echaba de menos, y te escribía los últimos poemas, mientras tu disfrutabas de un nuevo amor. Ahora tu mano, no estaría vacía. Me apenaba no haberla podido llenar con la mía. Nunca te lo decía, pero la mía estaba tan vacía como la tuya. Y te tenía tan cerca. Pero nunca lo intenté. Esperaba, como esperaba a que cada tarde leyeses mis poemas, y captases la señal. ¿Pero qué señal, que señal, por Dios, que señal?. No podías captar nada. Esperabas a tu príncipe azul, y yo apenas era una princesa. En mi habitación apuraba el último trago de coca cola , apoyaba mis brazos y sobre ellos, mi cabeza, en la barandilla de mi terraza. Una noche perfecta. Para llorarte de nuevo. Esta vez es la última vez que lo hago. El último poema que te escribo.
Viniste a mi casa. Hacía siete tardes que no venías. Me preguntaste si había escrito estos días atrás, y te contesté que había escrito muy poco. ¿Puedo leerlos? -me preguntaste-. Te llevé hasta mi habitación, te abrí el archivo donde tenía exactamente tres poemas. Como siempre, te acercaste a la pantalla, a mi, lo justo y preciso, para volver a reconocer tu perfume de siempre. Lo justo para ver si tenías alguna marca nueva en el rostro. Lo justo. Y de repente, no me contuve: y comencé a llorar frente a ti, por primera vez.
- Estos son los últimos poemas que te escribo -te dije-.
Me levanté con intenciones de irme de la habitación, pero me cogió del brazo. Y sin preguntarme nada, entrelazó su mano con la mía. Luego me dijo que no podía contar nada más. Y yo se lo prometí.
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