Llego a casa, cansada porque llevo todo el día sin verte. Y te busco,
entre las paredes y en tus cosas.
Cierro los ojos y me imagino tu voz,
aquellos días en que mis dedos temblaban
cerca de tus labios y sentíamos morir antes del beso.
Llego a casa y cierro las ventanas. La puerta de la habitación.
Abro tu armario para que tu olor lo inunde todo.
Me tumbo en la cama y abrazo tu almohada
buscando algún resto de tu cabello que llevarme a la boca.
Y cuando el reloj me pincha con sus agujas y me dice que llegas
cierro el armario, dejo de abrazar la almohada
y me pongo de pie y voy hasta la puerta
para recibirte, como quien no espera tu llegada.
Tu presencia me viste, me llena, me abraza,
así que te miro como si no te pudiese tener nunca
con el mismo amor que coraje
y tú suspiras.
Si tú pudieras ver cuánto te quiero.
Si yo pudiese hacerte ver cuánto te quiero,
con mi vida, con mis caricias y mis miradas
dejando a un lado la palabra,
entonces, solamente, entonces
podrían darle por culo a las poesías.















