1. Monotema (vendrá la lluvia)

    Escribió eigual el día 2 Septiembre 2010

    Tú sabias que el invierno se escapaba. Llegaban los primeros soles. Y eras consciente de que el próximo invierno no te rozaría la piel. Que ya no comeríamos castañas asadas en tu sartén vieja. Que no nos tiznaríamos más los dedos ni las uñas pelando castañas asadas mientras nos contábamos historias.

    La visión de las cosas cambia, cuando sabes que cualquier cosa que hagas, puede ser la última. Y mucho más, cuando sabes, a ciencia cierta, que puede ser la última vez que te das un baño, o que te rascan la espalda, o que te dan un beso, o que haces tus necesidades, o que comes una fresa o un helado y te manchas la cara.

    Tú sentías todas esas cosas, por eso te brillaban los ojos de aquella manera. Me gustaba estar a tu lado. Nadie supo de mis citas contigo. Tú me preguntabas que por qué elegía quedarme con un moribundo en vez de irme con gente llena de vida. Te hubiese pegado un guantazo por decir aquello, pero te salvó que estabas débil y aquel guantazo te hubiese dolido durante tres días.

    Recuerdo cuando me decías cariñosamente que te pelase la manzana, porque te temblaba el pulso y apenas tenías fuerzas. Y yo te cortaba la manzana a trozos pequeños. Me estoy muriendo, no veré tu primer libro, qué pena, joder, qué pena -decías-. Mi libro -te decía- es lo de menos. Es lo menos importante que te vas a perder de la vida.

    Nunca te he dedicado un libro. Siempre me decías que no lo hiciese, ya estuvieses vivo o muerto, que las dedicatorias eran como esquelas raras. Y pensé que exagerabas, pero como ves, nunca lo hice, ni lo haré.

    Estos días son nublados. Y cuando amenaza la lluvia, es como si amenazases tú con venir. Como si te fuese a encontrar en alguna calle, al cruzar una esquina. No sé.

    Siempre me decías, que de vivir en una ciudad grande, como Barcelona, por ejemplo, que tocarías tu guitarra en los metros, y en la calle. Con tu pelo negro enmarañado, y tu barba de tres días.

    Sí, aquellos días, mucha gente no habría entendido qué hacía yo con un moribundo, tocando la guitarra, comiendo castañas o escribiendo poemas, encerrada en casa, mientras la vida esperaba fuera callada.  Pero en realidad él no era un moribundo. Yo estaba con una persona que rebosaba vida. Esa especie de vida que, la muy hija de puta no es capaz de ganarle la partida a un cáncer.

    Y entonces aprendí a saber perder, lo que era perder la partida más importante de tu vida.


  2. Monotema (todo pasa por algo)

    Escribió eigual el día 26 Agosto 2010

    Me decías que todo, absolutamente todo pasa por algo. Recuerdo tu boca torcida y tus ojos rojos apunto de llorar, cuando me hablabas de la única chica de la que te habías enamorado. Yo por aquel entonces era inestable en el tiempo, y en cualquier cosa, menos en la escritura. Eso nunca lo dejaba. Por eso, me gustaba hablar del amor contigo, porque me conocías de sobras y nunca me exigías nada. Te gustaba, en ocasiones hablar de ella. Me contabas que no os conocisteis por casualidad, que todo pasa por algo. Que la casualidad es una nota de música imposible. Imposible de existir. Que todo, absolutamente todo pasa por algo, y no es casualidad precisamente. Que cuando la viste supiste que era ella, porque te miró y no hizo falta decir nada.

    Tocabas en un bar, en ocasiones. Ella lo frecuentaba con unas amigas. No eras un tío machista, pero te pareció que aquella chica estaba soltera y sin compromiso, por como te miraba y se comportaba con las amigas. Pero te equivocaste, estaba felizmente casada. Bueno, eso de felizmente era algo que no tenías muy claro.

    Siempre te dije, que te enamoraste como en las películas. Que eras mi héroe, un personaje sobre el que poder escribir algún día. Un chico que toca la guitarra y se enamora de una mujer tan posible como imposible.

    Te recuerdo, inquebrantable, pero con el cuerpo débil  y las llagas en la lengua por culpa de la quimio, y aún así me decías que aún la recordabas. Que aquellos días, tocabas la guitarra tan sumamente bien, porque las cuerdas de tu guitarra eran para ti restos de su cabello. Te imaginabas que acariciabas su pelo, no las cuerdas. Y de allí, decías, de allí no salía música, salía amor por la guitarra y por mis dedos.

    Lo cierto es, que nunca entendí el puto amor. De hecho, aún a veces no lo entiendo.

    Nunca tuvisteis nada de ella. Ni un simple beso. Ni una caricia. Solo miradas y acordes. Y aún la recordabas.

    Después de ella no llegó nadie más, bueno sí. El cáncer. Ése siempre se quedaría contigo, o eso decías. Ése no te abandonaba. Ya te digo. Si hasta te llevó con él. Pero lo que no sabes es, que te quedaste por aquí conmigo. Si supieras, de verdad, de todo esto que te escribo, utilizarías esa excusa para matarme. Sin embargo, pondría a prueba mi suerte, con tal, de tenerte hoy vivo. Y que conste que me la juego, porque aún recuerdo tu buena puntería en los dardos.

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  3. En Lavapiés venden flores muy bonitas

    Escribió eigual el día 25 Agosto 2010

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    Te conocí en una calle del barrio de Lavapiés. Tenías la mirada perdida, mientras cruzabas una carretera. Con la mirada perdida no se cruzan carreteras. Quiso el destino que una motocicleta te rozase la espalda y te hiciese caer. Sentí tu golpe en mis caderas, tal vez fue por eso que corrí hasta ti. Me incliné a tu lado y sostuve tu cuello caliente con mis manos.

    Estabas ruborizada. Buscabas por el suelo, con la mirada, unas flores de colores que llevabas minutos antes en la mano. Te las alcancé, se habían deshojado. Coloqué mi mano en tu espalda. Noté tu sudor frío quemarme en la palma de la mano. Te hubiese hecho el amor en aquel instante. Me había enamorado de una extraña, que estaba espatarrada en el suelo, rodeada de pétalos de flores con la espalda sudada y dolorida.

    El de la moto se ha largado -fue lo primero que te dije-. Me preguntaste quién era yo. Supe salir airosa de esa pregunta. Soy quien te ha salvado la vida -bromeé, sin apartar mis ojos de los tuyos-. Tu primera sonrisa me supo a carretera y a pétalos de flores. A colores. ¿Es posible enamorarse en un instante?. Sí, es posible. Y ese instante puede durar siempre. Me enamoré de ti. Te ayudé a incorporarte. No quisiste ir al médico, pero yo te notaba quebrada al andar. Te acompañé a comprar otras flores. Las otras, dijiste: déjalas ahí en la carretera, donde casi me dejo la vida. Y ahí las dejé.

    Para recompensarme me invitaste a tomar algo en el “Gaudeamus café”. Nunca olvidaré tu café solo con sacarina y una gota de leche. Tú me mirabas extrañada, porque pedí un bocadillo de jamón enorme para curarme los nervios. Me dabas hambre. Me hablaste de tu vida. De tus soledades. De que ésta era la tercera vez que estabas apunto de perder la vida. Me sentí orgullosa de haber sido yo la que te recogiese del suelo con vida. Nunca ayudes a una extraña -dijiste-. Y me ruboricé al decirte, que no eras una extraña.

    Quería explicarte que sentía eso que llaman flechazo. Que no quería separarme de ti. Que me habías cambiado la vida y devuelto la ilusión. Para no perderte, te ofrecí mi número de teléfono. Aceptaste. Pero mi bolígrafo apenas tenía tinta, y los últimos números quedaron borrosos. Espera, voy a pedir un bolígrafo ahí dentro, al camarero -dije-. Y me adentré en el bar.

    Cuando salí ya no estabas. Habías apurado tu café. Y no estabas. Solo dejaste un pétalo de una flor amarilla, cerca de donde estabas sentada. Nada más. Miré al infinito. Hacía donde alcanzaba mi vista. Intentando encontrar tu figura. No te veía. No te imaginas el nudo que se siente en la garganta cuando sabes que has perdido tu futuro de amor, en un mísero instante. Así que salí corriendo. Y tras de mí, el camarero enfadado, porque me iba sin pagar, y además, llevaba una pluma que cuando me entregó, me dijo, que era su favorita y que por favor, se la tenía que devolver.

    Corrí. Corrí, buscando un rastro de pétalos de flores. Corrí por Lavapiés, lo que no he corrido en mi vida. Y en un cruce, un coche me golpeó y caí al suelo.

    Era el primer accidente que sufría. El camarero recogió su pluma del suelo. Y yo me moría sola, sin nadie que sujetase mi cuello, ni palpase mi espalda sudada y caliente. Me moría sola, y debiendo un café y un bocadillo de jamón. Pensando en tus flores y sintiendo ese crujido en la cabeza, ese chasquido, de luces, cuando todo se apaga y te mueres.

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  4. Increíble

    Escribió eigual el día 25 Agosto 2010

    Te intenté olvidar en ese crujido de cuello. En ese instante divino, cuando viene tu recuerdo y bajo la mirada al suelo y te borro con un paso hacía delante. Llegabas a mí como la música, de repente y sin aviso. Tus uñas afiladas dibujaban en mi piel los días felices. Tenías la sonrisa más bonita del mundo y tus dientes eran espejos donde yo me miraba, justo antes de rozarles con uno de mis besos.

    Te busqué en ciudades que inventé. Me tatué tu nombre en las uñas para no devorarlas. Escribías la palabra “increíble” en las notas que me dejabas colgando en la puerta de la nevera. Ya hay diez increíbles juntos: eres increíble, esta noche ha sido increíble, es increíble pero te estoy queriendo. Y así hasta completar diez increíbles.

    Hoy te recuerdo como teclas de piano, blancas y suaves. Negras y finas. Ya no puedo tocarte porque estás lejos y tu cuerpo es de otro cuerpo. A veces, solo a veces, quisiera meterme dentro de mis castillos de arena y escuchar las olas ir y venir. Y que nada más importara.

    La gente que me habla de amor no sabe lo que es. Porque seguro que no te han perdido tantas veces como yo. Ni te han encontrado otras tantas.

    Ayer nos volvimos a encontrar. Traías el pelo revuelto. Que no estabas visible, decías. Pues yo te veo muy bien, te dije. Buscaste algo en tu bolso. Tal vez otro increíble para decirme. Tal vez un es increíble encontrarte. Qué se yo. Quería, en esos instantes grabar tu cuerpo, tu voz, todos tus movimientos en mis retinas. Y sacarte en cualquier momento, en forma de lágrimas sobre mi cama. Desnudarte de abajo arriba. Encontrar tu sonrisa siempre dispuesta. Tu voz revoltosa diciendo mi nombre con tan solo unas cuantas sílabas. Enlazar besos y caricias. Hacer de tu mano mi mundo. Besar la palma de tu mano, plantar allí mis besos para que crezcan otros. Detener el tiempo sin dejar de mirarte. Respirar por los poros de tu piel. Mezclarme con tu aliento. Y cuando vayas a decir el increíble número once, morderte la boca.

    Lo hermoso de este amor sea tal vez no tenerte. Así que regreso a casa, quito todos los increíbles de la nevera, intentando formar alguna palabra que me lleve a los recuerdos contigo. Para no sentirme tan sola.

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  5. Basura

    Escribió eigual el día 24 Agosto 2010

    Cuando una relación se termina. Y ella se va, pero en realidad, sigue a tu lado.

    Tiré tu recuerdo a la basura. Tus dulces caricias, aquellas manos llenas de besos. El olor de tu sudor era dulce y provocaba hambre y nervios. Tus pechos eran la almohada de mis sueños, donde dormir el cansancio y los días sin sentido.

    Era tu boca la cueva de saliva, donde yo me refugiaba algunas noches. Apoyaba mi espalda en tus dientes y quedaba dormida. Hay salivas muy dulces, que cicatrizan las heridas. La tuya cicatrizó las heridas de mi lengua, las grietas que se abrieron en ella, cuando tu aliento dejó de soplarme.

    Tiré tu recuerdo a la basura, y como consecuencia todas tus cosas. Te he sacado al balcón, tu recuerdo se empieza a secar con el aire, dentro de la bolsa y huele. Así que tengo cerradas las ventanas, para que el olor no entre y me invada de nuevo de recuerdos.

    Ya llevas tres días y tres noches ahí fuera. Anoche fue la última vez que cerré la persiana, pensando: ya te bajaré mañana.

    Creo que ya no te quiero,  pero prefiero que te pudras a mi lado.

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