¿Soy de las pocas personas que quiere tener algún día, un gato Egipcio?

Probablemente sí.
Estos gatos tienen algo que los otros no tienen. No tienen pelo donde esconderse. Y aunque la gente los tacha de “feos” o “ratas” yo los considero una raza de gato digna de admirar y respetar.
Estos gatos son muy especiales. La primera vez que toqué uno no me lo creía. Su piel era rugosa, pero a la vez, muy suave. Tenía el cuerpo muy caliente. Se dejaba tocar la cabeza y al tercer toque ya lo tenía subido en mis piernas. El gato que yo toqué, hace ya algunos años, lo tenían unos amigos cercanos. Cómo llegó el gato a sus manos fue increíble. El gato se lo dejó una pareja extranjera en el hostal de mis amigos. Es increíble, el hecho de que te olvides a tu mascota en un hostal, o en un hotel, o donde sea. Pues sí, se lo dejaron en la habitación metido en la bolsa de transporte. Mis amigos intentaron devolverlo, poniéndose en contacto con la pareja, pero nunca respondieron al teléfono. Así que se lo quedaron, sí, lo “adoptaron temporalmente” por si la pareja extranjera venía algún día a recogerlo. Pero nunca sucedió tal milagro.
Y es que fue un milagro, porque mis amigos estaban encantados con el gato. Se llamaba “trece”, el gato egipcio. Le pusieron ese nombre porque lo encontraron en la habitación número trece. Y trece era feliz allí. Siempre lo tenían suelto en la recepción (se trataba de un hostal muy familiar). Y el gato muy majestuoso él, se paseaba por los pasillos como si nada. Se acercaba a la gente cariñosamente, y la gente se alejaba de él, porque a simple vista aquel gato (negro y blanco) provocaba más miedo que ternura. Asco tal vez.
Pero yo lo amaba. Y siempre que podía me acercaba hasta el hostal de mis amigos. El gato se sentaba en mi regazo y algunos niños curiosos miraban con asombro y miedo. Hasta que le acariciaban la cabeza y terminaban entendiendo que ése gato era tan gato como los demás. Como los que tienen pelo.
Tristemente perdí el contacto con mis amigos. Dejaron el hostal y se mudaron de la noche a la mañana a una casa en la montaña. El hostal lo traspasaron. Y vivían, según me contaron, en una casa en la montaña con un perro y un gato rata (me dijeron). Que eran felices.
Y yo nunca olvidé el tacto de la piel de aquel maravilloso gato. Me sentía un poco como él. Un poco rechazada y sola. Tal vez, fue por eso, que siempre quise tener un gato como ése.
Pero quiso el destino que no fuese así. Y que mis dos futuros gatos fuesen muy peludos.
Confieso que a veces, me miro de reojo el gato egipcio, sabiendo que algún día, tal vez, adopte uno. Evidentemente ahora no es el momento. Pero es algo pendiente: tendré un gato sin pelo que se llamará MAU (significa “gato” en Egipcio) . No creas que estoy loca. Seguro que tú también tienes algo en la cabeza que no te suelta.