Tú sabias que el invierno se escapaba. Llegaban los primeros soles. Y eras consciente de que el próximo invierno no te rozaría la piel. Que ya no comeríamos castañas asadas en tu sartén vieja. Que no nos tiznaríamos más los dedos ni las uñas pelando castañas asadas mientras nos contábamos historias.
La visión de las cosas cambia, cuando sabes que cualquier cosa que hagas, puede ser la última. Y mucho más, cuando sabes, a ciencia cierta, que puede ser la última vez que te das un baño, o que te rascan la espalda, o que te dan un beso, o que haces tus necesidades, o que comes una fresa o un helado y te manchas la cara.
Tú sentías todas esas cosas, por eso te brillaban los ojos de aquella manera. Me gustaba estar a tu lado. Nadie supo de mis citas contigo. Tú me preguntabas que por qué elegía quedarme con un moribundo en vez de irme con gente llena de vida. Te hubiese pegado un guantazo por decir aquello, pero te salvó que estabas débil y aquel guantazo te hubiese dolido durante tres días.
Recuerdo cuando me decías cariñosamente que te pelase la manzana, porque te temblaba el pulso y apenas tenías fuerzas. Y yo te cortaba la manzana a trozos pequeños. Me estoy muriendo, no veré tu primer libro, qué pena, joder, qué pena -decías-. Mi libro -te decía- es lo de menos. Es lo menos importante que te vas a perder de la vida.
Nunca te he dedicado un libro. Siempre me decías que no lo hiciese, ya estuvieses vivo o muerto, que las dedicatorias eran como esquelas raras. Y pensé que exagerabas, pero como ves, nunca lo hice, ni lo haré.
Estos días son nublados. Y cuando amenaza la lluvia, es como si amenazases tú con venir. Como si te fuese a encontrar en alguna calle, al cruzar una esquina. No sé.
Siempre me decías, que de vivir en una ciudad grande, como Barcelona, por ejemplo, que tocarías tu guitarra en los metros, y en la calle. Con tu pelo negro enmarañado, y tu barba de tres días.
Sí, aquellos días, mucha gente no habría entendido qué hacía yo con un moribundo, tocando la guitarra, comiendo castañas o escribiendo poemas, encerrada en casa, mientras la vida esperaba fuera callada. Pero en realidad él no era un moribundo. Yo estaba con una persona que rebosaba vida. Esa especie de vida que, la muy hija de puta no es capaz de ganarle la partida a un cáncer.
Y entonces aprendí a saber perder, lo que era perder la partida más importante de tu vida.